Tengo pocas gavetas porque se convierten en agujeros negros que halan todo a su paso. Abrirlas es arriesgarse a ser chupado en el vórtex de gravedad y no salir de allí. Es inevitable. Tendemos a utilizar los espacios cerrados y oscuros para ocultar relajitos. Generalmente allí se aglomera todo y se pudre. Creemos que alguna vez vamos a reparar la pulsera rota, o buscarle par al arete. Que ese tornillo seguro sirve para algo y no estamos seguros de la edad de la batería.
Mis estantes no tienen puerta, prefiero no guardar cosas en cajas y, si pudiera, ni siquiera habría paredes en la parte de abajo de la casa. Que no es orden, es exposición. Me obligo a ver lo que hay, a que nada quede a oscuras, que sepa dónde está todo. Obvio mi casa, con dos hijos pequeños y un marido que cree que cualquier superficie debe ser aprovechada, no es precisamente un modelo para revista. Hay relajito. Pero al menos lo miro y trato de alocarle dueño.
Lo mío no es orden, es rechazo a hacerme la bestia. Aunque sí tengo una pequeña bodega.
