El sentido del humor es a veces más misterioso que el común. Nos alimentamos de muy distintas vivencias y no todo nos parece igual de gracioso. Es una cuestión de puntos de vista, supongo. Sobre todo cuando el chiste es uno. La burla, el hacer observaciones hirientes acerca de personas menos afortunadas, ya ni hablemos de los estereotipos que perpetúan un sentido de superioridad no ganado, han sido y (lamentablemente) seguirán siendo la comida r´ápida de la risa no pensante.
Pero hay otra clase de sentido del humor, el que se da entre amigos y que siempre tiene qué ver con hacer observaciones acerca de la vida de los demás. Generalmente van con un grado de opinión no pedida. Contra eso, sólo cabe pesar si la amistad soporta una respuesta igual o peor. Y si uno quiere hacerle frente.
A mí siempre se me ocurren las mejores respuestas del mundo, horas más tarde de lo que las necesitaba. Todo lo que atino a decir en el momento no me ayuda y prefiero quedarme con la lengua bien sujeta entre los dientes para no tirar veneno. Porque si hay algo peor que una opinión tonta, pero bienintencionada, es una respuesta venenosa y desproporcionada.
