No recuerdo cuándo fue la última vez que hice una “resolución de año nuevo” como tal. Creo que son buenas las autoevaluaciones personales cada cierto tiempo, sobre todo si uno tiene una meta. Pero que dependa el cumplimiento de la misma comenzar a trabajarla en una fecha especial, me da ansiedad. Siento que si se me pasa el momento, fracasé y mejor lo tiro todo a la basura.
Creo en las fechas límites para los logros a corto y mediano plazo, no para las cosas a largo plazo. En primer lugar, porque es casi imposible saber todas las contingencias que pueden aparecer en el camino. Y, segundo, porque considero mucho más importante que los hábitos diarios sean los que pongan el rumbo de la meta. Por supuesto que allí pesa el tomar consciencia del progreso y atornillar las cosas flojas. Yo he cambiado tantas veces de forma de comer, hasta que ya llevo dos años en una que me queda bien a mí.
Yo no tengo resoluciones para este año. Sí tengo metas para mi vida y pequeños planes con fechas. Pero no pienso esperar a que sea lunes para empezar. Sobre todo si es la dieta.
