El niño, que ya me saca 10 centímetros, quiere aprender a manejar. Y yo me ofrecí de tributo a enseñarle, por lo menos un poco. Tenemos condiciones: tiene que hacerme caso sin cuestionar y se tiene que aguantar que le grite. Las salidas son cortas en un lugar sin tráfico y, hasta ahora, todo bien (sin contar que mi carro queda estacionado como lengua de perro con calor, pero, detalles).
Nosotros ya tenemos experiencia en paternidades: fuimos hijos. Debería ser fácil saber lo que implica ser padres. Pero nada tan lejos de eso. Ni siquiera cuando uno ya lo ha sido durante varios años tiene idea de lo que viene después. Porque la teoría de las etapas es muy bonita en papel, pero nadie nos prepara para todos los sentimientos que rellenan esas líneas. Esa necesidad de educar y querer y ser suave y poner límites y, no importa qué haga uno ni las intenciones que tenga, de todos modos la caga. Tarde y temprano. Con frecuencia y persistencia.
Cada vez más, mis hijos viven al ritmo de su propia música, aunque todavía bailamos mucho juntos. No reniego de ni una vez que tengo que levantarme a media noche a revisar a la niña, ni del tiempo que me pide el niño. Con ellos, la fiesta se termina pronto, dejan la casa demasiado rápido. Aunque la tonadita de las clases de manejo no es mi favorita.
