Me encanta Tuiter. Es un estado de catarsis constante, un lugar de diversión, de información y es en donde he conocido amistades maravillosas. Puedo publicar la extravagancia más absurda que se me ocurra y dejarla flotar, algo así como una sangrada de las que hacían antes los doctores para quitar el exceso de presión acumulada.
Claro que no todo son rosas en el camino, porque, de forma incremental, uno se topa con personas que sólo intervienen en la «conversación», para insultar. Antes eso lo miraba uno en el tráfico exclusivamente, ese derroche de energía hacia pelearse con alguien a quien uno no conoce. ¿Nunca les pasó que le bocinaron al carro de al lado, sólo para morirse de la vergüenza al darse cuenta que el conductor era alguien conocido? Hay algo en el anonimato que nos desgasta la empatía y que nos hace creer que tenemos derecho de comportarnos de forma grosera con los demás. Una especie de despersonalización entre la pantalla y los demás. Es cierto que las redes sociales son tan sólo una pequeña muestra de quiénes somos, completamente editada y calculada. Pero nuestro comportamiento es eso, nuestro y no por ser por texto deja de reflejar nuestra esencia.
Lo que me confunde es esa inversión de energía emocional en pelearse con alguien a quien no conozco. Ni en el carro, ni en redes. Y claro que lo he hecho, porque yo también me he enganchado, sólo para quedarme después completamente decepcionada de mí misma y de mi falta de sentido de la conservación. Enojarse implica una conexión con la otra persona y, sinceramente, si no los conozco, ¿para qué quiero estar ligada? En el Tuiter, como en el carro, el que se enoja pierde.
