Nunca sale igual

Hoy hice Stolen, que es el pan de frutas que hacía mi mamá para Navidad. Nunca la acompañé a hacerlo, sólo tengo su receta, como la del mazapán, con algunas instrucciones más o menos claras que sólo cobran sentido en la práctica. Cada año que hago ambos, me quedan distintos y lo peor es que no recuerdo qué hice bien o mal de año a año.

Tenemos formas de anclarnos. Las tradiciones repetitivas nos ayudan a sentir que continuamos, que el sabor de nuestra comida puede ser encontrado en un plato, generaciones más tarde. Las fechas especiales se celebran de cierta forma, sacamos un adorno particular, invitamos a la misma gente a la casa… Hacemos las galletas, horneamos el pan, creemos que salen igual y nunca, jamás, logramos replicar a la perfección lo que está en nuestro recuerdo.

Creo que me gusta la falta de precisión milimétrica en las recetas. Me permite hacerlas distinto cada vez, una marca en el paso de mis años sobre la repetición. Tomar el libro escrito por mi mamá me conecta a ella y que mis hijos coman, los conecta conmigo. Y todos crecemos y cambiamos. Tal vez repetir lo de siempre hace que nos demos cuenta de cuán distintos somos.

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