Mis hijos son los niños más lindos del mundo. Los m´ás inteligentes, amables, talentosos… Tienen todas las cualidades del mundo. Y obviamente no es cierto. JM se ríe horrible y Fátima baila descordinado. Y si me lo preguntan, se los digo con sinceridad. No creo en los halagos mentirosos, hacen más daño de lo que pueda hacerlo la realidad.
En la vida nos balanceamos entre una autoconfianza que puede y debe algunas veces ser empujada por el autoengaño y una inseguridad que nos hace buscar mejorarnos. Es lo que nos hace creer que tenemos el material para ser buenos, pero que hay que trabajarlo. Ni el músico más talentoso se libra de practicar. Y es el trabajo amoroso de una persona cercana, como una madre, el ayudar a ver el pelo en la sopa. Decirle a alguien que canta bien, cuando sólo emite graznidos, es exponerlo a hacer el ridículo a nivel internacional, como esa pobre gente que llegaba a las audiciones del concurso de canto y la sacaban en el programa dedicado a las peores.
Yo no creo en las amabilidades mentirosas. Me arriesgo a recibir verdades crueles, pero que me ayuden a crecer. Lo prefiero. Y mis hijos, no importa lo perfectos que yo quiera verlos, se enteran con rapidez si yo creo que deben mejorar en algo. No quiero que luego el mundo se los estrelle en la cara.
