Me encanta invitar gente a mi casa. Cocinar y atender son una medida, para mí, de que mi vida está bien. No tengo la decoración más bonita, ni la casa más ordenada. Definitivamente no es un lugar de revista. Pero me siento orgullosa de enseñar el lugar que habitamos, con todo lo que eso implica.
Compartir vida es esencial para ser humano. Tener una tribu, retroalimentarse de las vivencias de otras personas, lograr hacer a otros sentirse bien. Es parte de lo que aprendimos en las cavernas y de lo que le da sentido a todo lo que pasamos, lo bueno y lo malo. Si encontramos con quiénes abrirnos y celebrar lo bueno, llorar juntos lo malo y seguir, simplemente seguir, conseguimos ese paso importante para vivir. Porque todos tenemos experiencias que podemos tener en común y escuchar a los demás cómo lo han sobrepasado, ayuda a tener esperanza, a iluminar posibilidades, a sentirse acompañado.
Tal vez eso es lo que me gusta de invitar amigos: generar un buen espacio seguro en donde se escucha a los queridos y se les ofrece eso, un espacio. No necesitamos mucho más, si va acompañado de comida y vino. Y de eso siempre hay bastante aquí.
