Mi papá era un hombre de pocas palabras de halago. Su filosofía de vida era que uno debe hacer lo mejor que puede con lo que tiene. En especial, no toleraba a la gente que hacía alarde de cosas que no eran mérito suyo. Apariencia física, inteligencia y dinero heredado estaban incluidos en la lista de lo poco valioso. La disciplina, la constancia y el aprovechamiento de oportunidades era lo que valía la pena felicitar y aún eso con mesura. Al final del día, es obligatorio hacer lo más que se puede con lo que hay.
Como con todo, una postura tan radicalmente estricta no permite disfrutar muchos logros. Todo se puede cuestionar desde la pregunta: ¿y tú qué hiciste para ganarte eso? El problema es que la humanidad no es un juego de azar en el que se limpia el tablero con cada vuelta de dados. Es una carrera de relevos que avanza a las personas en lo individual y en lo colectivo, pero con puntos de partida distintos. Y está bien. Si tuviéramos que comenzar de nuevo con cada nacimiento para que todos partan de la misma línea, jamás avanzamos. Incluso la imagen de una carrera da una idea falsa, pues la competencia casi nunca es contra los demás, si no contra uno mismo.
Creo que vivir sin celebrar lo logrado es dañino y lleva a querer que nadie más haga nada. Alegrarse por los méritos bien ganados de los demás nos permite compartir su felicidad. Y, mientras las reglas sean iguales y conocidas para y por todos, la carrera nos avanza. A todos.
