Cuando a uno le piden que hable de sí mismo, hay un momento de pausa. ¿Por dónde comenzar? ¿Qué puede ser relevante? ¿El accidente a los dos años? ¿Los amigos del colegio? ¿El primer novio? ¿La carrera? ¿Qué parte de la vida es lo que dice quiénes somos en verdad?
El verdadero punto es saber para qué está en ese lugar. Porque no somos iguales para todos, ni siquiera para nosotros mismos. Y allí está lo complejo de la existencia. Somos algo que no podemos definir porque cambia todo el tiempo, pero igual nos concebimos como una unidad coherente y es lo que tratamos de presentar. La narración mental que corre en modo automático y que nos da una ilusión de llevar un piloto en miniatura al mando de nuestro cuerpo, no es real. Pero, si pensamos que el mundo como lo percibimos tampoco existe sino que sólo es nuestra forma de interpretarlo, entonces somos tan reales como eso.
Soy muchas cosas y algunas se alinean a lo que necesito. Me pueden volver a pedir que hable de mí y seguro diré algo distinto a la última vez. Sin que deje de ser verdad.
