Sé poner malos títulos

Lo difícil de escribir un cuento, tal vez no sea escribirlo, sino nombrarlo. Como hacer un niño. ¿Por qué necesitamos titularlo todo? Conozco hasta casas con nombre, generalmente de mujeres muertas hace generaciones, de quienes ya nadie recuerda cómo caminaban.

Me dedico a ponerle palabras a emociones, a través de la única herramienta que tenemos para hacerlo: el lenguage. Y, aunque una imagen pueda decir más que mil palabras, nada es tan elocuente como una cosa bien dicha. Para eso sirven los nombres, para separar e identificar. No es lo mismo cualquier hombre que el que responde a mi voz cuando lo nombro. Es que hasta el gato con mejor récord de ignorar a su humano sabe cómo se llama, aunque no le guste admitirlo.

Me gusta ponerle títulos a las cosas, a las relaciones, a las horas para hacer algo en especial. El martes es el día de lavar las sábanas y con suerte tú y yo somos amigos. No es encasillar las cosas, es otorgarles un lugar propio, aceptando que todo puede cambiar. Hasta el nombre. Sólo no me hagan ponerles títulos a mis cuentos.

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