Argumentar desde una postura radical, poniendo los ejemplos más exagerados, es satisfactorio. Los absolutos son casi siempre irrefutables y nos colocan sobre una montaña de superioridad moral que nos presenta como salvadores. Al menos en nuestra propia mente. Porque a lo cerca del horizonte podemos ver a nuestra contraparte, firmemente parado sobre su propia montaña.
Ganar una discusión rara vez implica una verdadera victoria, menos con la forma extremista en la que se llevan a cabo ahora las conversaciones. Pero se nos olvida convenientemente que la vida no se vive a la orilla de la existencia y casi todo lo que transcurre en ella sucede en esa zona más accesible de la realidad. Allí se puede hablar de situaciones normales que pueden tener varias opciones y que, con algunos grados de distancia, son igual de válidas. La forma en la que uno cría a sus hijos, por ejemplo, no se puede uniformar. Ni siquiera en la misma casa. Cada uno necesita cosas distintas y a veces no hay más remedio que hacer prueba y error.
Hemos perdido la capacidad de ver matices porque eso exige más de nosotros. Sobre todo aceptar la posibilidad de estar equivocados. Para erradicarla, nos construimos pedestales tan flojos, que sólo nos sostiene allí nuestra arrogancia. Y esa cuata es sorda, ciega y gritona.
