Hay una canción que me encanta. Pain. No es por ser masoquista, simplemente tiene una cadencia bellísima y, como todo lo triste, puede decir cosas hermosamente dolorosas. No me gusta estar de bajón. Va en contra de mi naturaleza, esa cosa que me levanta cantando a las 4 de la mañana y que me hace encontrar cómo reírme en medio de mis peores momentos.
El dolor, decía mi padre, es mental. Cosa más cierta que la propiedad mojatoria del agua. Pero, más allá de lo obvio, es que el dolor es inevitable y huir de él no lo aleja, sólo nos prolonga la visita. Como todo lo que puede destruirnos, es un bully al que hay que ver de frente y dejarlo pasar. Igual con el miedo, con la pereza, con la decepción, hasta con la rabia. Todo eso se puede usar de aguijón para actuar.
Mis bromas pesadas acerca de mis propias desgracias les han enseñado a mis hijos que nada es demasiado importante como para dejarse vencer. Que la vida es lo que es y uno sigue. Porque uno sigue, siempre, hasta que se le acaba a uno el tiempo de esta vuelta en el jueguito. Quién sabe qué hay más allá. La canción es linda, el dolor pasa y nos queda la música.
