Armar un escrito

Las madres sabemos que no hay mejor forma de atraer a los hijos hacia nosotras, que entrar al baño. Es como el llamado de la selva, imposible de resistir. Allí tienen toda la urgencia de contarnos cualquier cosa. Y cuando uno ya está libre, se desaparecen como nubes después de una tormenta.

Yo tengo un método aún mejor: sentarme a escribir. Como si verme sentada ante la pantalla detonara un imperativo irresistible. No he logrado juntar más de dos líneas sin un «¡Ahorita no que estoy escribiendo!», que ya de por sí me impide seguirlo haciendo.

Es complicado justificarme a mí misma el «derecho» que tengo de no ponerles atención a los engendros. No nos enseñan que una tiene necesidad como ser humano de momentos a solas, para hacer lo que a una le gusta, sin que sea «útil». Iré aprendiendo. Porque tengo necesidad de juntar palabras y ellos no se van a ahogar (espero), si no les alcanzo el detergente de inmediato — no sé para qué — o los miro hacer lo mismo por enésima vez.

Ya pasará. Y, aprendemos, o aprendemos.

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