El niño que me mira con mi sonrisa puesta en los labios es un reflejo más justo que cualquier espejo. Nos vemos en ellos como en imágenes aumentadas de las cosas que podemos ser. Lo bueno y lo malo. Aunque lo más impactante es que no somos nosotros. Ellos tienen su propia imagen, su propia trayectoria por recorrer.
Lograr vernos en nuestros hijos sin proyectarnos para hacer con ellos lo que no hicimos nosotros, es un paso de desprendimiento. Cuesta como si nos quitaran una rama, pero no somos árboles, somos más plantas de esporas que se reparten fuera de sí mismas, sin perder algo al hacerlo.
Espero poder seguir viendo mi sonrisa en la boca de mis hijos y también ver las suyas propias. Es lindo pensar en cómo ellos, no siendo una simple extensión mía, llevan algo de mí más allá de lo que yo imagine.
