Escuchamos mucho lo de que juzgamos a los demás por sus acciones y a nosotros por nuestras intenciones. Y es que hay una diferencia esencial de conocimiento entre lo que se ve y lo que se siente. Las normas sociales son un mapa de conducta que dispensa de la necesidad de conocer el interior de alguien, mientras se comporte de cierta forma. Para evaluar la moral, está la religión y sus promesas de mundos eternos.
El problema viene cuando pretendemos invertir el orden de las cosas y ordenar nuestro alrededor con sets de valores contradictorios, puestos en lugares inadecuados: libertad para uno mismo, responsabilidad para los demás; misericordia para mí, justicia para el otro. Hay una serie de monedas de ese tipo con caras aparentemente contrarias, con las que pagamos la vida y que debemos entender para dónde apuntar.
Si en verdad nuestro comportamiento entre los demás sólo se puede medir por lo que hacemos, pues allí todos somos “los demás”, necesitamos reglas que ayuden a evitar errores en lo abstracto (justicia, por ejemplo), y a mitigar daños en lo individual (misericordia). Somos seres que vivimos entre dos mundos y sólo uno es el que nos deja percibir el otro.
