Llevo todo el día lavando ropa. Y aún hay dos montículos pendientes. Podría medir cómo fluye el poco resto de mi juventud entre el detergente y los quita manchas, doblo arrugas y plancho canas.
La vida se tiende a medir en años, pero creo que eso es equivocado. Debería medirse en ropa, comida cocinada, trabajo hecho. O, mejor, mucho mejor, en besos y risas y placer.
Siempre hay ropa qué lavar, porque hay niños que se ensucian y días que se viven. Lavo la eternidad que regresa fragante para guardarla y volverla a usar. Y me encuentro recuperando vida.
