En la olla de cocimiento lento tengo lo que, después de horas y horas al calor, se convertirá en la salsa verde que le gusta a mi gente. O no. Porque estoy aprendiendo a hacerla y, a pesar de lo metódica, nunca apunto qué le pongo a las cosas como la salsa verde. Termina gustándome mucho y a la siguiente vez, me gusta igual, aunque no sepa a lo mismo.
Los martes lavo las sábanas y toallas y los jueves la ropa. Para eso sí tengo un orden que no falla, porque el resultado tiene que ser el mismo con la menor cantidad de pasos posibles. No he aprendido a doblar las sábanas con elástico…
Escribimos la libreta de tareas del día siguiente con el niño todas las noches, yo, que nunca he llevado una agenda en mi vida. Y he aprendido a no levantarme temprano los domingos.
Entre tantas cosas nuevas que he aprendido en estos meses, no llego a entender todo lo que me falta, como más paciencia y menos impulsividad. Tengo que aprender a escuchar con empatía las emociones de mis hijos aunque me parezcan desproporcionadas. A darme más espacio para no reaccionar sin pensar. Y a doblar esas cochinas sábanas con elástico.
