El sábado no quería hacer ejercicio, ni levantarme de la cama, ni cocinar. Pero es un día como los otros y me doy cuenta que mi cuerpo no sabe de días, el sol sigue su camino y mi gente igual tiene que comer.
A veces nos quedamos trabados en el pedazo de abajo. En ese momento en que no queremos nada. Renegamos de los últimos cinco minutos de todo. Pero, así como una respiración sucede a la otra, igual al día siguiente se nos acumulan las cosas que dejamos e igual terminamos después.
Es poco lo que falta. Para cualquier cosa. Así hice más ejercicio, después de salir de la cama. Pero pedí comida.
