Y los espacios cerrados, en donde uno amontona todo lo que no quiere ver. Las cajas opacas. Las bolsas con cosas. Es invariablemente la puerta a otra dimensión en la que uno esconde lo que le molesta y no regresa hasta que amenaza con estallar.
Tengo que ordenar una bodega, que es mi mantra y mi castigo desde hace catorce años. Lo he hecho ya un par de veces y sigo teniendo cosas sin usar porque eran de otra persona. Que ya no está. Que no se puede enojar porque yo no las use.
Ya comencé y siento cargo de consciencia. Pero lo voy a terminar. Esta vez sí. Porque vamos a llegar a otros 14 años y allí seguirá esa bomba de tiempo estallándome en el cerebro cada vez que tengo que buscar algo allí.
