Regresar al papel

Durante mucho tiempo destruí todos mis libros. No en una pira apoteósica de censura ni nada tan dramático. Es más, no fuero con fuego, fue el agua lo que deshizo mis libros de la infancia/adolescencia. En casa y en esas épocas, los libros eran un lujo no esencial y comprábamos las ediciones que podíamos. O leía lo que me prestaban. Tal vez por eso tengo un gusto tan raro, porque crecí leyendo lo que tuviera a mano. Y siempre tenía uno en la mano, hasta para bañarme. Así terminaron todos mis libros hinchados de la humedad, vueltos a leerse una y otra vez.

Hay cosas anacrónicas, que trascienden la modernidad: el vino, la comida, el papel. Por mucho que parezca magia poder leer a oscuras en un dispositivo electrónico, el peso de una página que lo acerca a uno al final no tiene comparación. O tal vez es que estoy regresando a sentirme dichosa por poder tener un libro en la mano. Regresamos a lo que nos hace sentir bien, con la comida, con las personas, los lugares. Regresamos a cantar las canciones que nos dormían, leer los cuentos que nos transportaban, ver las películas que nos hicieron sentir algo. Tal vez por eso cuesta tanto salir de las cosas que conocemos, aunque nos hagan mal, porque allí sabemos qué pasa.

No teniendo nada seguro, saber cómo se mueve lo que tenemos alrededor calma. Por eso son tan importantes los ritos. Se repiten siempre igual. Pero los ritos para quedarse en el mismo lugar no sirven, debemos crear nuestras propias plataformas seguras para lanzarnos al vacío. Como los libros. Regresar al papel como una vuelta a casa, pero no volver a leer lo mismo. Y no meterme a bañar con ellos.

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