No hay forma de dar una opinión totalmente objetiva, simplemente porque no existe tal cosa. Percibimos el mundo a través de lo que interpretamos con nuestro cerebro que nos dan nuestros sentidos y, allí adentro, aún no hay nadie más que nosotros. Hasta que la humanidad deje de ser lo que concebimos ahora y podamos compartir y mezclar nuestros inconscientes con otras personas, borrando lo que consideramos nuestro «yo», no hay forma de traspasar la barrera de la subjetividad.
El mundo está para ser decodificado. Impulsos eléctricos, ondas auditivas y de luz, químicos aspersos en el aire y ya armamos lo que denominamos la realidad física. Ni los átomos existen de verdad, así como he interpretado esa marcianada física que están y luego desaparecen. ¿A dónde? Así es que cada uno se queda con una realidad desde la que opina, por mucho que abra la mente para entender a alguien más, sólo lo puede hacer desde sí mismo. No hay una multitud. Está uno. Y es ese uno quien cuenta qué le pasa y pasa por el filtro de lo personal todo.
Descalificar la realidad de alguien más porque no corresponde con la nuestra es ignorar que no hay otras que las propias y que desechar la experiencia de alguien más sólo es admitir nuestra propia limitación.
