Las buenas malas ideas

Ir a Dollar City para «ver qué hay» es lo más cercano a recolectar hongos en un bosque prehistórico que tengo en mi vida moderna. Salgo como mis antepasados lejanos a buscar algo que me llame la atención. Hay unos flamencos rosados de plástico que quiero poner en el jardín porque son tan feos que son lindos. Y marcos para fotos por imprimir. O cachivaches para la cocina, que son útiles, pero que no necesito. Hasta que llego al área de mascotas y se me van los ojos por todos los juguetes para gatos. Todos me gustan. Los apuntadores láser, los ratones que penden de palitos, los pajaritos que se rellenan. Esta vez ganó un animalejo que hace ruido. Genial. Hasta que, ya en el carro, me sonó el bicho todo el camino y me vi a media noche, despertando sobresaltada y con el corazón en la garganta por el «mimimimimimipripripripirpirpir» del aparato del infierno.

Hay ideas del todo geniales, ejecutadas a la perfección, que quedan exactamente como las queríamos y de todos modos no sirven. Porque son malas ideas bien hechas. El pastel de un ingrediente que no nos gusta, que probamos hacer por necios y que siempre sí no nos gustó. La relación con la persona que no nos llena, a la que le metemos todo nuestro esfuerzo, pero que no quita la carencia de un ingrediente principal. El trabajo que nos da de comer, que hacemos como maestros y que no nos gusta.

Tal vez no es tan necesario que las cosas sean perfectas para ser buenas. Así como el mejor vino es el que más nos gusta, las mejores cosas en nuestras vidas son las que más queremos.

A la gata, obvio, le fascinó el juguete y anda con él por toda la casa. Cuando llega la noche, lo decomiso y lo guardo. Puedo mejorar una mala idea por muy buena que haya sido.

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