Dos semanas sin sacar niños al bus en esta casa y por poquito el día de regreso a clases tampoco. Había olvidado activar de nuevo las alarmas.
Tuvimos dos semanas de niños en reposo. Paseamos, fuimos al cine, a comer, a nadar. Pelearon, durmieron, se asolearon. Regresan al cole quemados, con el álbum del mundial y estampitas para intercambiar, felices de ver a sus amigos.
Todavía les somos suficiente para entretenerse. Los miro, todos estirados y sin rastros de los bebés que cargaba y aprecio cada segundo. Aunque también sienta rico regresar a la rutina. Digamos que estoy tristeliz.
Criamos niños con todo el amor del que somos capaces, para que crezcan y se vayan. La única expectativa debería ser que sean felices y no hagan daño. Todo lo demás, carreras, trabajos, relaciones, hijos, debería estar fuera de la mesa de lo que esperamos. No digo que no tengamos planes, pero no tengo una idea en qué tengan que convertirse de adultos para yo sentirme bien. Con que sean humanos independientes y decentes me tengo por bien servida.
No falta mucho para feriados sin niños. Para todos los días sin alarmas para el bus.
Pero hoy sí las tuve que activar. Y qué alegre.
