Leer a Borges es dejarse seducir. Es un hombre que habla constantemente de amor, sin mencionarlo. Un enamorado que declara sus sentimientos todo el tiempo, pero nunca abiertamente. Erótico en su sutileza. Dos poemas de él me gustan en especial. Las causas y Los límites. Uno, de amor. El otro, de muerte. Ambos hablan de lo mismo, al final del día.
Los humanos, todos los seres vivos, tenemos una compañera constante: sabemos que un día vamos a morir. Y como es una certeza intedeterminada, la dejamos pasearse entre nuestra existencia, a veces ignorándola, a veces dándole la bienvenida. Querer hacerse la bestia de esa realidad es suicida. (Perdón, no me pude resistir un poco de humor ácido.)
Llega un momento en que nos damos cuenta que, tal vez, lo que estamos haciendo sea la última vez que lo hagamos. Dan ganas de hacerse un ovillo y llorar. Que si esos labios los besamos por última vez. Que si comimos nuestra dona favorita por última vez. Que si vimos a nuestros hijos por última vez. Y pareciera que fuimos los primeros en toda la existencia de una humanidad que lleva siglos de morirse, en darnos cuenta que nos vamos a morir. A realmente darnos cuenta.
Sirve para nada y nada. O sea, sirve para, tal vez, apreciar lo que estamos haciendo. Para asignarle importancia a las cosas que nos dolería no volver a hacer. Para restárselas a las que no. Pero no sirve para retrasar el momento de ser últimos.
Me cuesta sobremanera vivir como si me fuera a morir. Porque, a mí, me dan ganas de tirarlo todo por un caño y decir que entonces nada importa. Hasta que recuerdo que sí, que sí me importa la vida. Entonces sigo. O trato. Por última vez, como la última vez y la siguiente.
