Las verdades absolutas

Si les creemos a los físicos cuánticos, no existimos. Porque nuestra materia está hecha de partículas que están y no están. O a los filósofos que se debaten si la realidad que experimentamos es sólo el sueño de alguien más. Hasta las películas de personas conectadas, viviendo en mundos desaparecidos.

La realidad, esa que nos define, que está hecha de nuestros recuerdos, es una fantasía. Cada vez que sacamos una memoria y la observamos, la cambiamos hasta que, del hecho que la origina, no queda más que un recuerdo. Ni siquiera tenemos una forma completamente objetiva de utilizar el lenguaje, porque le hemos cargado tantas connotaciones emocionales personales a las palabras, que a veces eso interfiere entre lo que nos están diciendo y lo que nosotros estamos entendiendo.

Pero sí existen verdades absolutas. Hechos que no podemos evadir: el agua moja. El hielo es frío. Vamos a morir. Cosas tan reales e inevitables que son ridículamente obvias. No les prestamos atención porque no vale la pena. Y luego están las que sí importan: tenemos un valor, podemos ser felices. Sentimos. Porque los sentimientos son verdades absolutas que nadie nos puede refutar. No hay forma que alguien nos pueda decir cómo nos sentimos.

Mi verdad absoluta que no dudo es que amo a mis hijos. Eso no cambia y supongo que no cambiará jamás. Ahora, la realidad de esa verdad en términos cuánticos, es otra cuestión por completo diferente. E irrelevante.

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