Me han tocado dos reuniones del colegio seguidas. Es demasiada socialización con personas extrañas para mi gusto, pero lo hago (hasta mamá de grado he sido y repito este año). No es mi mayor destreza el compartir demasiado tiempo entre personas que me son ajenas. Pero lo hago.
Todos tenemos funciones favoritas de desempeño. Algunos nadan como peces en las aguas sociales de reuniones y trabajos en equipo y grupos. Otros, necesitan un espacio de aislamiento, silencio, tranquilidad. No es una cosa mejor que la otra. Son diferentes.
La forma en la que se mueve la sociedad, sin embargo, pareciera que pone más valor en alguien completamente extrovertido y dispuesto a ser el alma de la fiesta. Los que se quedan viendo el baile desde las orillas seguro algo tienen malo. Cuando, perfectamente, pueden ser felices observando.
Ni siquiera somos siempre iguales. A veces queremos bulla y a veces queremos paz. El secreto es conocerse. En mi caso, paso mucho tiempo sin interactuar con más personas, me meto a redes sociales a ventilar algún pensamiento atrapado y, de repente, hablo como si me estuvieran pagando por palabra.
Me ha costado aceptar que yo no soy del todo sociable y que puedo perfectamente bien estar callada y no ser el centro de atención. Me canso. Y necesito estar conmigo.
Qué bueno que no hay tantas actividades en el colegio de los niños.
