Las pequeñas inmensidades

«Ya es hora de despertarse», es el grito de guerra de todas las mañanas. Un par de cuerpecitos sin terminar, tibios y enredados entre las sábanas luchan por parecer dormidos ante el ataque de cosquillas, nalgadas y pellizcos que acompañan la inclemente luz que se les enciende aunque no haya sol.

La rutina de los días de colegio es inexorable. Porque las cosas comienzan a cierta hora y no hay opción. Y así nos movemos haciendo desayunos, dándonos duchas de dudable eficacia, remoloneando la salida inevitable. Pero lo logramos.

Supongo que hay un riesgo enorme de perderse en el mar de los horarios y olvidarse de la razón que nos hizo ponerlos desde un principio. No es lo mismo sólo fijarse en el corre corre, que ver a los ojos confiados que se dejan arriar, aunque no entiendan bien por qué.

A mí la vida estructurada me ayuda a no desmoronarme. Me gusta. Pero sí entiendo que me es muy fácil usarla de refugio para no tener que adentrarme en mis emociones y pensamientos más profundos. También me conozco lo suficiente como para saber que, a veces, le doy más importancia al afán.

Hoy saqué a un par de niños riéndose a carcajadas, con los bolsones completos, el estómago lleno, bien (casi) peinados. Se subieron al bus luego de estamparme dos besos sonoros. Y me dejaron un rato en la calle, sabiendo que mi corazón se lo llevan ellos a pedazos y que me dejan llena del suyo.

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