A mí me es mucho más fácil manejar el enojo que cualquier otra emoción negativa. Enojada, me siento con energía para cambiar las cosas que no me gustan, para poner límites, para gritar, para salir corriendo, para algo y para todo. No es la mejor emoción para tomar decisiones mesuradas, seguro, pero sí la que más me ayuda a salirme de situaciones desagradables.
Hay una serie de emociones que nos ayudan a navegar en nuestras vidas, que nos ayudan a conectar con los otros seres humanos, a crecer interiormente, a formarnos, a madurar. La vida es una serie de saltos de emoción en emoción, debiendo ser la más constante de ellas un sentimiento de paz y contento (no euforia), para no morir de estrés. Buscamos también las emociones fuertes que nos hacen sentir algo más que sólo sobrevivientes del día a día. Pero rara vez buscamos la tristeza como opción.
Pero resulta que en la tristeza nos damos cuenta qué cosas ya no regresan y nos damos tiempo de sentir el dolor que nos causa su ausencia. La tristeza nos hace quedarnos quietos un momento, aceptar que no hay nada que podamos hacer y seguir.
El enojo es rico. Pero no siempre ayuda. La tristeza es dolorosa, pero no siempre es mala. Lo malo es no querer sentir. Porque nos deshumaniza, nos quita una parte de nuestra experiencia de vida. Y porque lo que se esconde, tiene la tendencia a crecer en la oscuridad como un monstruo que luego nos devora. Y eso sí es malo.
