Estoy en mi etapa de no pintarme el pelo. Jamás me lo he peinado, pero sí lo he tenido de casi todos los colores, desde el rubio platinado hasta el rojo bombero, pasando hasta por una etapa de morado. Cambios insustanciales a mi persona, pero que me complementaban en cierta forma la etapa de la vida por la que pasaba.
La imagen, eso que vemos ante un espejo, es la parte más demostrable de qué es lo que somos. La ropa que vestimos le dice a la gente en qué humor/actividad estamos, el estado físico en el que nos encontramos demuestra nuestro nivel de ejercicio y clase de comida, qué tan arreglados vamos habla del tiempo que le dedicamos a esas cosas. Es fácil, cómodo juzgar a la gente por su apariencia física. Es la solución rápida, la que le permite a nuestro cerebro clasificar lo que nos sucede y con quién hablamos. Pero es demasiado superficial.
No podemos hablar de cambios en nuestras vidas con un simple corte de pelo. No somos más o menos felices de verdad por tener un pantalón nuevo (aunque sí es bonito comprarse ropa). Lo externo le habla en lenguaje simplificado al mundo, de lo que puede estar sucediendo en nuestro interior. El tomar un rumbo diferente en la vida, cambiar de trabajo, comenzar una nueva actividad, dejar algo dañino, mejorar hábitos… Todo eso sólo se hace por adentro y a veces no se refleja afuera hasta que el cambio está asentado.
El pelo, las arrugas, la ropa… Nos quedamos clavados en lo que nos vemos. Inconsecuente para lo que se vive, o, cuando más, un simple complemento. Ojalá lo aprenda antes de tener que entregar el empaque.
