Lo que no puede ser

Hace tres meses, la señora que nos vende el helado de la refacción post entreno de mi hijo estaba llorando. Le deseé que estuviera bien, esperé un momento y, viendo que prefería estar sola con su dolor, me alejé. Ayer la vi de nuevo, le chuleé las botas que tenía puestas y le pregunté cómo seguía. Me contó que su hija había fallecido repentinamente de una enfermedad en su riñón.

La muerte es una compañera constante para todos. Es la única cosa inevitable en nuestras vidas. Y está bien. De alguna forma, saber que a eso vamos todos, a mí en lo personal me reconforta. Pero ese sentimiento sólo me aplica a mí.

Cuando perdemos a un ser querido, lo que duele no es lo que dejan de vivir, es lo que dejan de vivir con nosotros. Pensar que mi mamá nunca cargó a mis hijos, que mi papá nunca los llevó a tirar, que han pasado bautizos y piñatas y que vienen Primeras Comuniones y graduaciones y todo sin ellos, me duele. A mí. Por lo que no pude tener.

Esa nostalgia por lo que no existe, por lo que pudo ser, ese «saudade», es un dolor dulce. Allí, entre el olor de helados, lloramos un poco con la señora. Y ambas seguimos con lo que nos tocaba hacer ese día. Todo continúa.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.