Por muy poco

La niña hace manualidades, pero no es ordenada y eso se junta para cortadas y quemadas menores frecuentemente. Anoche no fue pequeña la cosa y terminó en la emergencia del hospital con varios puntos en su dedo. Un accidente que no debió suceder, si ella hubiera sido cuidadosa. Pero así pasan los accidentes: aunque pueden sucederle a cualquiera, es más fácil que se le atraviesen a quien anda distraído.

La herida fue profunda, pero sin daño permanente. No por mucho, pudo haber sido peor. Y quisiera filosofar y decir que fue una lección lo suficientemente dolorosa como para que aprenda y no le vuelva a pasar. Pero no tengo tanta fe en la naturaleza humana y estoy segura que tengo que seguir reforzando la lección. La tarea ingrata de uno como padre muchas veces es parecer grabación en loop. Hasta que se afianzan las costumbres y ya se van en automático. Al menos esa es mi esperanza, porque el “no hables con la boca llena” que llevo repitiendo cada comida, varias veces por comida, ya hasta a mí me está cansando.

Tengo el privilegio de cuidar a mis hijos. Y de dejarlos cometer errores, porque estoy allí para ayudarlos. Tal vez entre las repeticiones y los accidentes leves, nos ahorramos los graves. Es lo más que puedo pedir.

Aquí estás bien

Me encanta invitar gente a mi casa. Cocinar y atender son una medida, para mí, de que mi vida está bien. No tengo la decoración más bonita, ni la casa más ordenada. Definitivamente no es un lugar de revista. Pero me siento orgullosa de enseñar el lugar que habitamos, con todo lo que eso implica.

Compartir vida es esencial para ser humano. Tener una tribu, retroalimentarse de las vivencias de otras personas, lograr hacer a otros sentirse bien. Es parte de lo que aprendimos en las cavernas y de lo que le da sentido a todo lo que pasamos, lo bueno y lo malo. Si encontramos con quiénes abrirnos y celebrar lo bueno, llorar juntos lo malo y seguir, simplemente seguir, conseguimos ese paso importante para vivir. Porque todos tenemos experiencias que podemos tener en común y escuchar a los demás cómo lo han sobrepasado, ayuda a tener esperanza, a iluminar posibilidades, a sentirse acompañado.

Tal vez eso es lo que me gusta de invitar amigos: generar un buen espacio seguro en donde se escucha a los queridos y se les ofrece eso, un espacio. No necesitamos mucho más, si va acompañado de comida y vino. Y de eso siempre hay bastante aquí.

Esto termina

Mañana, esto se termina

todo tiene fin

hasta al tiempo se le acaba la madeja

dejarás de hacerme mareas por dentro

de conquistar mi aire

seré mi propio recuerdo

y no saldré de hoy.

Todo se termina

esto también

pero no yo.

La persona indicada

Hay puntos de inflexión en mi vida que puedo recordar y decir: aquí tomé una decisión importante. Es una mera ilusión. Todo el curso de mi vida es un río abriéndose camino hacia el destino que nos espera a todos. Podemos creer que nuestros destinos están trazados. O que podemos dirigirlos a punta de completa voluntad.

Lo cierto es que no tenemos control de las cosas que se nos ponen en el camino. Sólo de qué hacemos con ellas. Allí está nuestro verdadero poder. No hay cosas absolutas y pocas carecen de solución. Siempre hay decisiones excluyentes y las que tomamos determinan qué viene después.

Lo cierto es que hay una persona adecuada en nuestra vida para vivirla: nosotros mismos.

Eso no es mérito de uno

Mi papá era un hombre de pocas palabras de halago. Su filosofía de vida era que uno debe hacer lo mejor que puede con lo que tiene. En especial, no toleraba a la gente que hacía alarde de cosas que no eran mérito suyo. Apariencia física, inteligencia y dinero heredado estaban incluidos en la lista de lo poco valioso. La disciplina, la constancia y el aprovechamiento de oportunidades era lo que valía la pena felicitar y aún eso con mesura. Al final del día, es obligatorio hacer lo más que se puede con lo que hay.

Como con todo, una postura tan radicalmente estricta no permite disfrutar muchos logros. Todo se puede cuestionar desde la pregunta: ¿y tú qué hiciste para ganarte eso? El problema es que la humanidad no es un juego de azar en el que se limpia el tablero con cada vuelta de dados. Es una carrera de relevos que avanza a las personas en lo individual y en lo colectivo, pero con puntos de partida distintos. Y está bien. Si tuviéramos que comenzar de nuevo con cada nacimiento para que todos partan de la misma línea, jamás avanzamos. Incluso la imagen de una carrera da una idea falsa, pues la competencia casi nunca es contra los demás, si no contra uno mismo.

Creo que vivir sin celebrar lo logrado es dañino y lleva a querer que nadie más haga nada. Alegrarse por los méritos bien ganados de los demás nos permite compartir su felicidad. Y, mientras las reglas sean iguales y conocidas para y por todos, la carrera nos avanza. A todos.

Hablamos de mí

Cuando a uno le piden que hable de sí mismo, hay un momento de pausa. ¿Por dónde comenzar? ¿Qué puede ser relevante? ¿El accidente a los dos años? ¿Los amigos del colegio? ¿El primer novio? ¿La carrera? ¿Qué parte de la vida es lo que dice quiénes somos en verdad?

El verdadero punto es saber para qué está en ese lugar. Porque no somos iguales para todos, ni siquiera para nosotros mismos. Y allí está lo complejo de la existencia. Somos algo que no podemos definir porque cambia todo el tiempo, pero igual nos concebimos como una unidad coherente y es lo que tratamos de presentar. La narración mental que corre en modo automático y que nos da una ilusión de llevar un piloto en miniatura al mando de nuestro cuerpo, no es real. Pero, si pensamos que el mundo como lo percibimos tampoco existe sino que sólo es nuestra forma de interpretarlo, entonces somos tan reales como eso.

Soy muchas cosas y algunas se alinean a lo que necesito. Me pueden volver a pedir que hable de mí y seguro diré algo distinto a la última vez. Sin que deje de ser verdad.

La línea base

He escuchado que cada persona tiene una línea base de emociones. No es ese el término, pero así es como yo la visualizo (y sí, así se usa ese verbo, que no es lo mismo que “ver”). Digamos que hay una tabla que mide el buen y mal humor y todos dibujamos un garabato constante entre esos dos picos. Pero no todos parten del mismo punto y su humor normal puede ser mejor o peor que el del vecino. Hay gente naturalmente taciturna.

Lo mismo pasa con las relaciones. Tienen su estado de reposo natural, porque no se puede estar siempre extasiados. Lo importante es que esa normalidad sea agradable y no tire hacia abajo. Cuando uno puede tomarse el café todas las mañanas con la misma persona y encontrarle lo bueno, casi siempre, se aprecia el valor de lo tranquilo. Claro que me gustan los momentos emocionantes, pero no cambio la felicidad diaria y calmada. Dura más y es más constante.

En general, mi línea base es alta. Casi siempre estoy de buen humor, aunque sí tengo picos fuertes. No es que sea enojada, es que me enojan. Pero he aprendido a apreciar a los que son más planos. Tienen un encanto particular cuando se les encuentra la profundidad.

Y el chocolate también

Hay demasiado qué ver en la tele

todo junto y sin fin

se me quedan los capítulos atorados

entre las listas de cosas por verse

y se mezclan con los libros sin leer

la música nueva en cola

las llamadas sin hacer

podría guardarlo todo en la despensa

junto con la reserva de chocolate oscuro

y las nueces nuevas

me lo voy a acabar todo

lo que pueda, al menos,

no quiero dejar cosas sin usar

vino sin abrir, libros empacados

no voy a quedarme con la vida a medias

que se use todo, se acabe todo

el chocolate también.

Yo sí sabía qué tenía

Tengo más de veinticinco años de moverme sola a donde yo quiero, a la hora que necesito, sin dar muchas explicaciones. Que me hayan quitado dos semanas la posibilidad de manejar fue muy complicado, pero no es que me haya quedado quieta. La libertad de moverse uno a donde sea, es, por mucho, una de las cosas más deliciosas que pueda poseer un ser humano normal. Y eso implica mucho más que sólo el desplazamiento físico.

Hay una libertad existencial, que nos separa de la necesidad de vivir por los demás de forma enfermiza, que necesariamente se desarrolla conforme uno mejor está por dentro. Es la posibilidad de tomarse un café en un lugar sin nadie más y estar feliz. O de entretenerse sin necesidad de molestar. O de vivir uno su vida sin compararla con la de alguien más. Qué triste y qué pobre la gente que está pendiente de lo que hace alguien que ni conoce. No entiendo, por ejemplo, cómo alguien puede decir que le caigo mal sin darme la oportunidad para darle una razón.

Yo sé qué he tenido desde siempre: independencia. Me gusta y no quiero perderla. Que no es lo mismo que no tener relaciones profundas a las que estoy estrechamente unida. Muy distinto querer que necesitar.

Ya me quitaron las grapas y ya puedo volver a manejar. Es un poco de normalidad recuperada y eso se siente muy bien.

Nadie sabe cuánto pesa tu pasado

Mis papás dejaron amigos que los recuerdan con cariño. Y sus hijos me conocen desde hace mucho. La consecuencia de esas dos cosas juntas, es que hay una amistad casi heredada entre ellos y yo, de esas relaciones que no es necesario tener constantes para ser cercanas. Tengo la dicha de poder invitarlos a mi casa y hacer recuento de lo no compartido. Retomar cariños buenos es sencillo.

Hay algo fascinante al redescubrir gente del pasado, pues uno puede poner en contexto lo vivido en común, los recuerdos vistos desde otros ojos y una explicación de vida más madura con los años. Tal vez es algo que, si uno tiene suerte, logra hacer con sus padres ya más grandes. Yo no tengo esa oportunidad. La mujer que soy jamás la conocieron ellos, no hemos podido poner nuestro pasado en común, nos quedamos un poco a medias.

Hoy vino una de esas amigas y llenamos muchos espacios desconocidos. Increíble la perspectiva que se adquiere y cómo puede uno liberar tantas dudas con sólo ser uno mismo. No sé si sería igual con mis papás vivos, pero no creo estar haciendo algo que los decepcione. Y, siempre, puedo invitar a sus amigos.