Cambié, siempre

Decir que mi mundo cambió hace casi un año no le hace honor al cisma que ocurrió. Pero ahora que lo escribo, con decenas de sensores y sets y mililitros administrados, ya ni recuerdo que es no hacer esto.

Cuando era niña tenía el pelo muy rubio y ahora no. No por eso he dejado de ser yo. O tal vez sí y de todas formas no importa. Somos lo que nos convertimos y no hay cómo separar el cambio de la permanencia.

Tal vez por eso me gusta la rutina: porque hago siempre lo mismo. La ilusión de la estabilidad, el palo que ayuda al equilibrio en la cuerda floja.

O la vida es una cosa inmutable que vamos conociendo por partes, o es una corriente fluida que nos inunda de forma distinta todos los días. Y, en medio yo. Aunque no sea la misma.

El peso de las palabras

Cada cosa que decimos tiene un valor objetivo. Cuando cambiamos el significado de las palabras por preferencias culturales, le cambiamos el valor, un poco como devaluar la moneda con que compramos. La sobreutilización de algunos términos como «amar» les lima el filo con que deberían cortarnos la boca al pronunciarlos, y por eso tener cuidado al hacerlo.

Yo no juro, prometo. Yo no amo, quiero. Yo no odio, me disgusta. Como cosa cotidiana, porque me gusta reservarme los términos pesados para las cosas que en verdad lo ameritan. Adicionalmente, les agregamos a su valor intrínseco, quién nos las dice. La importancia se potencia y no es lo mismo que un desconocido nos halague a que lo haga alguien cercano.

Básicamente, ¿de qué me sirve gustarle a alguien que no podría ni reconocer en la calle? Es un pensamiento tajante, sobre todo en esta época de buscar validación de personas lejanas. El círculo de gente a quienes de verdad les importamos se limita a aquéllas con quienes sí tenemos relación, a quienes hemos invitado a un café, con quienes compartimos algo de vida real.

Me gusta guardarme mis palabras con filo y sólo recibirlas/aceptarlas de quienes me importan. Los demás son un bonito acompañamiento, pero no puedo cantar sus canciones en mi vida diaria, me volvería demasiado dependiente de música que no tengo cerca y, cualquier día de estos, desaparece.

Un momento a solas

Con mi mamá mirábamos los partidos de básket en su cuarto, bordando. Era una especie de compañía difusa. Bastante tiempo calladas, pláticas profundas y, ella vestidos, yo cuadros. Hasta hoy, no puedo ver tele sin hacer otra cosa, para desesperación de mi marido.

Algo de ermitaña me heredó mi madre, que ansío momentos a solas, como ahora que cocino el desayuno y le pedí a mi hija veinte minutos para mí. Luego ya los reúno y pasamos la mañana juntos.

Aprender a estar solo, a escucharse, me parece tan valioso como a estar en sociedad. Espero que mis hijos puedan.