Mañana, un sol

Tengo muchos tatuajes, pero la mayoría son en la espalda. Al menos el más grande. Entonces no me lo miro. Y como no lo miro, no recuerdo que lo tengo. Hasta que alguien me ve en calzoneta, por ejemplo, y suelta “¡qué tatuada estás!”.

Es difícil tener presente las cosas que no nos vemos. Algo así como percatarse del propio olor. Sin embargo, es parte nuestra. Los patrones de habla, los manerismo, hasta el sonido de nuestras voces.

Vivimos en un mundo propio del que apenas nos percatamos, enseñándoselo al mundo. Tal vez por eso a veces cómo nos perciben es tan diferente a la imagen que tenemos de nosotros.

Pero, el hecho de no vernos, no significa que no estén ciertas cosas allí. Y, aunque no podemos vivir dentro de un espejo de 360 grados, figurativamente hablando, tampoco podemos fingir demencia.

Creo que nadie se mira en toda su dimensión. Quizás es porque esa dimensión no existe. Sólo somos algo que cambia todo el tiempo.

Lo cierto es que siempre se nos olvida algunos pequeños detalles nuestros. Como un tatuaje que no vemos. Y por eso mañana me hago uno en la parte interna del brazo. Porque suficiente tiempo les he metido como para no verlos.

Casi olvido las alarmas

Dos semanas sin sacar niños al bus en esta casa y por poquito el día de regreso a clases tampoco. Había olvidado activar de nuevo las alarmas.

Tuvimos dos semanas de niños en reposo. Paseamos, fuimos al cine, a comer, a nadar. Pelearon, durmieron, se asolearon. Regresan al cole quemados, con el álbum del mundial y estampitas para intercambiar, felices de ver a sus amigos.

Todavía les somos suficiente para entretenerse. Los miro, todos estirados y sin rastros de los bebés que cargaba y aprecio cada segundo. Aunque también sienta rico regresar a la rutina. Digamos que estoy tristeliz.

Criamos niños con todo el amor del que somos capaces, para que crezcan y se vayan. La única expectativa debería ser que sean felices y no hagan daño. Todo lo demás, carreras, trabajos, relaciones, hijos, debería estar fuera de la mesa de lo que esperamos. No digo que no tengamos planes, pero no tengo una idea en qué tengan que convertirse de adultos para yo sentirme bien. Con que sean humanos independientes y decentes me tengo por bien servida.

No falta mucho para feriados sin niños. Para todos los días sin alarmas para el bus.

Pero hoy sí las tuve que activar. Y qué alegre.