Tengo muchos tatuajes, pero la mayoría son en la espalda. Al menos el más grande. Entonces no me lo miro. Y como no lo miro, no recuerdo que lo tengo. Hasta que alguien me ve en calzoneta, por ejemplo, y suelta “¡qué tatuada estás!”.
Es difícil tener presente las cosas que no nos vemos. Algo así como percatarse del propio olor. Sin embargo, es parte nuestra. Los patrones de habla, los manerismo, hasta el sonido de nuestras voces.
Vivimos en un mundo propio del que apenas nos percatamos, enseñándoselo al mundo. Tal vez por eso a veces cómo nos perciben es tan diferente a la imagen que tenemos de nosotros.
Pero, el hecho de no vernos, no significa que no estén ciertas cosas allí. Y, aunque no podemos vivir dentro de un espejo de 360 grados, figurativamente hablando, tampoco podemos fingir demencia.
Creo que nadie se mira en toda su dimensión. Quizás es porque esa dimensión no existe. Sólo somos algo que cambia todo el tiempo.
Lo cierto es que siempre se nos olvida algunos pequeños detalles nuestros. Como un tatuaje que no vemos. Y por eso mañana me hago uno en la parte interna del brazo. Porque suficiente tiempo les he metido como para no verlos.
