La isla de la cocina

Hace poco cambié los muebles tradicionales de la cocina de mi casa por estructuras de cemento. Repisas, tops, isla, todo es de cemento visto. Apenas tengo 7 gavetas y los aéreos están abiertos, sin puertas.

Confieso que mi gusto personal de decoración no pasa del blanco para las paredes, madera y concreto. Supongo que prefiero mi entorno sencillo, para poder ponerle yo la complicación. Pero, lo que más disfruto es la isla. Poder hacerme un café y sentarme allí mismo, piernas cruzadas como niña ante una hoguera. Es un pequeño oasis entre el ruido que generalmente acompaña mis días.

Necesitamos lugares que nos sumerjan en tranquilidad desde el momento en que entramos en ellos. Para algunos, la iglesia, otros, un bosque. Lo que sea. Idealmente podemos adentrarnos allí sin mayor dificultad. Debería estar a nuestro alcance cotidiano. Porque, cualquiera se relaja con el ruido de las olas, pero no todos las tenemos tan cerca, por ejemplo.

Recargarnos, rehacernos, retomar. Supongo que para eso sirve el pequeño momento de silencio, que no dura más que el café en mi taza. No importa. Tampoco necesito mucho.

Los placeres olvidados

Acabo de encontrar una receta para hacer helado sin necesidad de máquina que es una maravilla. La hacía seguido hasta hace poco y por razones de vanidad la dejé de hacer. Hasta se me había olvidado que la tenía. Como cuando ha pasado mucho tiempo de encierro y uno sale a recibir el viento en la cara y el sol en la espalda. O un beso en la mejilla en un momento de distracción.

Vivir es luchar. Eso es cierto, sin duda. Hasta el respirar conlleva un acto de esfuerzo. Y está bien que así sea. Las cosas necesitan que les pongamos de nuestro ser para hacerlas nuestras. Una comida preparada con cariño sabe mejor que cualquier cosa comprada, por ejemplo. Pero no todo es una carga qué llevar de un lado al otro. No somos seres sin propósito. O no deberíamos serlo.

Tener la capacidad de apreciar el color azul imposible de un cielo que no sabe si deja aún salir al sol por la mañana. Agradecer el trago de agua fría que refresca por dentro en un día bochornoso. El sabor de un beso que ya conocemos, pero que no hemos reconocido.

A veces, el esfuerzo que hay qué hacer es en recordar las cosas que nos traen placer. Y lograr tenerlas. Sorprendentemente, suelen ser sencillas y sólo están esperando que las veamos. O las hagamos. Como el helado, que no podría ser más fácil de hacer.

A veces las cosas no sirven para lo que son

Creo que pocos consejos paradójicos me gustan tanto como “Hay que conocer las reglas para poder romperlas”. Suena extraño, invertir tiempo, dedicación y esfuerzo en aprenderse algo a la perfección, sólo para dejarlo ir cuando ya se tiene bien agarrado. Pareciera que romper lo establecido es muy sencillo: simplemente hay que dejar de hacerlo. Y luego resulta que nos volteamos hacia una esquina que creíamos desconocida, sólo para darnos cuenta que ya tiene muchos ocupantes.

Todo tiene una función preestablecida. Un libro se lee. Un lápiz escribe. Un suéter cubre. Bueno. Está bien. Hay procesos que ya vienen escritos, lenguajes con reglas previas, recetas con ingredientes detallados. Y leemos el libro, escribimos los ejercicios con el lápiz, hablamos otros idiomas como sacados de un libro de texto. Porque primero hay que saber a qué sabe el pastel según el libro.

Pero luego, cuando ya caminamos sobre terreno seguro, dejarlo allí sería un desperdicio. De mente, de capacidad, de talento. Un suéter se vuelve una pequeña tienda de campaña. Una fórmula se convierte en una pócima mágica con propiedades nunca antes vistas. Un cuadro tira por un caño las reglas de la perspectiva para dejar el sentimiento crudo.

Todo y todos, tenemos una función. Es primordial conocerla, amaestrarla, dominarla. Y, no menos importante, es dejarla a un lado para ver qué más podemos hacer.

Nuestra realidad es plástica

Tal vez uno de los finales más tristes para un ser humano es la pérdida de la memoria. La persona sigue existiendo, pero no como un ente íntegro, sino sólo como una parte fragmentada, incompleta. Falta la luz en la lámpara, la fragancia en el perfume. Pareciera que estamos definidos, principalmente, por nuestros recuerdos. Eso que nos lleva por lo vivido, que nos llena de emociones que siguen resonando limpias y cercanas, que nos da la forma que toman nuestras acciones por ir impregnadas de cosas ya realizadas.

Y, a la vez, cada uno de esos recuerdos los cambiamos cuando los volvemos a sacar para examinarlos. Es algo tan extraño: la memoria nos hace lo que somos, pero lo que somos cambia la memoria. Termina siendo un pozo que se alimenta constantemente.

Nuestro cerebro es plástico. Aún más de lo que se pensaba hasta hacía poco. Y nuestra personalidad también. Somos capaces de darle un sentido totalmente diferente a lo vivido con información nueva. Nuestra propia existencia como individuos está hecha de todo lo bueno y todo lo malo. Y de cómo lo integremos en esa corriente constante del tiempo que aún no hemos logrado trascender. Tal vez alguna vez logremos navegar libremente en esa dimensión. Pero no todavía.

Para mientras, el único viaje en el tiempo que podemos lograr es en nuestra propia mente y cómo la moldeamos. O cómo nos dejamos moldear. Tal vez logremos escapar de borrarnos a nosotros mismos.

36 horas

Los viajes, las vacaciones, los cambios de rutina, todo ayuda a renovarse. Hasta las cremas para la cara hay que cambiarlas de vez en cuando, porque la piel se acostumbra y ya no funciona igual.

Así, comemos diferente cada cierto tiempo, nos disfrazamos en la cama, hacemos otros ejercicios. Nos salimos de una fiesta tarde, a veces pensando que nos estamos pasando de la hora de dormir. O agarramos la botella de tequila que teníamos guardada.

De cualquier forma, no podemos hacer siempre lo mismo. Nosotros no somos los mismos, ni siquiera de un día al otro, porque las experiencias nos hacen movernos. Tal vez es por eso que las personas que insisten en permanecer en un estado permanente nos hacen ruido, se miran mal. Como cuando una se sigue peinando con la moda de cuando era adolescente. (Y si se fue adolescente en los ochentas, ni allí se miraba bien.)

Nos salimos de nuestra zona de comodidad para ampliarla. Esa es nuestra conquista diaria, el terreno ganado a la vida más allá de la rutina y hecho nuestro, hasta que también lo nuevo es viejo y hay que volver a empezar. Los músculos duelen cuando se cambia de ejercicio, el cerebro se cansa de considerar nuevas ideas, el alma necesita sobreponerse a la belleza recién descubierta.

Y que tome 36 horas regresar a la casa es agotador. Pero valió la pena.