Exponerse vs. Esconderse

En la casa dejamos de comprar periódicos hace algunos años. Nunca veo canales de noticias (salvo cuando sale mi marido). Soy trágicamente ignorante de los nombres de los que ocupan cargos públicos. Acepto que hay mucho de la «realidad» que hago a un lado. Es el mismo mecanismo de defensa que no me permite ver películas de terror. No me gusta alimentarme de cosas negativas.

Pero tampoco vivo con la cabeza entre la arena. Sé bien qué puede pasar fuera de las paredes de mi casa. No ignoro los peligros a los que se exponen mis hijos todos los días, ni lo jodido que está nuestro país. Mi burbuja es transparente y trato de ensancharla lo más posible.

Cuando se habla de alguien que vive «fuera de la realidad» generalmente se llama la atención hacia una falta de conocimiento de lo malo a su alrededor. Pero, sólo fijarse en lo malo y nunca en lo bueno, también es una especie de negación. El mundo está administrado por seres humanos, fallidos y llenos de defectos, pero también de virtudes. Negar que dentro de nosotros habitan mounstros que mantenemos enjaulados nos hace avergonzarnos de nuestros pensamientos oscuros. No reconocer que junto a lo malo, también estamos llenos de potenciales maravillosos que iluminan a la humanidad, es sumirnos en la depresión.

Yo elijo alimentarme de lo que me recuerda por qué pertenecer a la raza humana es un privilegio. No dejo de recordar que entre esa raza hay algunos que parecen mutantes y que somos nuestros propios depredadores. Pero no necesito de un periódico para hacerlo.

Otra Vez

Hay elementos diferentes en algo que siempre es igual: una iglesia, un comedor, un jardín, el escenario cambia. El sentimiento no. Esa angustia combinada con cólera que me optime entre la garganta y el estómago. Esa impotencia de sentir que regreso a una tortura de la que ya me había liberado. Pienso: «¡Pero si yo ya no estaba aquí!» Y mi lógica dormida trata de enderezar los hechos torcidos de mi subconsciente. Vuelvo a estar con alguien más. ¡Tantos años de esfuerzo por salirme y vuelvo a estar con alguien más! Quiero llorar, pero no sé si salen las lágrimas con los ojos cerrados. Quiero correr y mis pies se arrastran. Quiero pegarle a alguien, gritar, luchar y sólo hay gente extraña. ¿Por qué me persigue esta angustia que sólo aparece cuando estoy dormida?

Tal vez es porque todavía no me creo que mi vida sea feliz. Y pienso que lo pasa cuando estoy despierta es un sueño. Y tengo que regresar a vivir en la «realidad». Desgracia de mente que no acepta las cosas buenas sin querer compensarlas.

Despierto con la tristeza entre los ojos. Casi no quiero abrirlos, por si es cierto lo que soñé. Y me envuelve tu olor. Y es tu calor el que me abraza. Y eres tú quien me saluda. El universo está en pie y yo soy libre.

¿Para Quién?

Los sábados me arreglo menos de lo usual (que es mínimo en el mejor de los casos). Cuando hace calor es peor aún, porque saco shorts que ya no tengo la edad de ponerme en la ciudad. «Estoy en mi casa», es mi excusa. Y resulta que un sábado cercano, salimos a comprar un helado al bendito autoservicio y me tuve que bajar en las fachas más tristes con las que he salido de mi casa. No me topé a nadie conocido, menos mal, pero eso no me quita el malestar.

La época esa de pasar horas probándose uno «outfits» para salir a la tienda de la esquina se vive bien con toda la angustia de la adolescencia. Nada peor que navegar esa fina línea entre encajar y estar a la moda, pero no estar igual a todos los demás, que se fijen en uno, pero no demasiado, en sacar cosas nuevas, pero no muy diferentes. Es una especie de tortura psicológica. De algo tienen que comer los profesionales de la salud mental. Luego viene la época de arreglarse para un trabajo. Aunque uno no lo crea, todas las ocupaciones tienen una especie de uniforme que las distingue. No tienen idea de la inversión en trajes sastres negros que tengo colgada de mi clóset. Es un disfraz, una especie de escudo con que uno se «enviste» para poder jugar el papel que le corresponde. Luego pasan los años y resulta que también cada década tiene su vestimenta. Que si las faldas muy cortas, o el pelo muy largo, o los colores muy claros, o los zapatos muy llamativos, ya no se miran bien a «cierta edad».

Total que está uno jodido, navegando entre reglas no escritas de comportamiento que ni siquiera son constantes, sino plásticas. Porque no es lo mismo ponerse uno ropa juvenil cuando se está menos cuidada que la vecina. Y pocas veces nos detenemos a pensar ¿para quién demonios hacemos todo eso? Porque puedo apostar que los botox, implantes, colágenos, ácidos, fajas, maquillaje, tintes, alisados, colochos, tacones y cuanta vaina más, incómoda, dolorosa y cara, NO es siempre para nosotras mismas.

Soy tan vanidosa, o más, que cualquier otra persona, pero también tengo la ventaja de sentirme lo suficientemente cómoda en mi propio pellejo como para mandar al carajo muchas convenciones sociales que me parecen estúpidas. Tengo muy claro que me visto para mí misma, que tengo la suerte que así le gusto, y mucho, a mi marido y, que la próxima vez que salga sin planes de bajarme del carro, mejor no me voy en shorts.

Si Yo Les Contara

Dentro de mi cabeza, muchas veces, llevo varias conversaciones a la vez. Normal. Creo. No me da tiempo de decir todo lo que pienso. Generalmente, tengo una imagen mental de lo que quiero decir y, como no puedo pasar la foto de lo que estoy pensando, me trabo cuando hablo. Ni modo.

Las palabras se pueden quedar cortas para comunicarnos. Eso lo miro marcadamente con mis hijos, que tienen todas las ideas del mundo, pero todavía no tienen el vocabulario para transmitirlas. Parte de hacer propio el mundo es poder describirlo y eso sólo se logra con la palabra adecuada. Se puede descubrir mucho de la riqueza de una cultura, viendo su lenguaje y por dónde se desarrollan palabras nuevas. No es de extrañar que tengamos que traducir mal conceptos como «empoderamiento» (detesto esa palabra, suena a insulto vulgar y pornográfico, pero no hay otra), o poner «tuitear». Nuestro idioma no se caracteriza precisamente por ser técnico, o ir a la vanguardia de los inventos científicos. ¿Será porque no desarrollamos nuevas cosas en nuestros países?

Es indispensable tener una forma de transmitir lo que habita entre nuestras orejas. De nada nos sirve que quede guardado como una idea. Tal vez necesitemos inventarnos el concepto lingüístico, junto con el invento mismo y mandar a la porra a la Real Academia.

Mientras tanto, yo me seguiré trabando al hablar. Ustedes ténganme paciencia.

Dejar de Ser Niño

La vida de mis hijos está regimentada: se levantan a la misma hora, desayunan siempre en el mismo lugar, almuerzan cuando regresan del colegio, saben qué hacemos de lunes a viernes por las tardes, la cama los espera siempre igual. Tienen la expectativa de ropa limpia, comida, casa, gatos y papás. También están sujetos a creer lo que les decimos, vivir según nuestro mejor entendimiento y renunciar a muchas discusiones.

Así es el asunto mientras se va uno formando sus propios criterios y ganando su propia experiencia (y dinero con qué mantenerla). La ilusión más buscada por el ser humano es la libertad, pero rara vez está dispuesto a pagar el precio que tiene: la responsabilidad. Si no tengo a nadie a quién echarle la culpa de mis actos, tengo que asumir que soy un mal capitán de mi barco porque fui yo mismo quien tomó las decisiones que me llevaron a donde estoy. Ser adulto y no querer cargar con la propia vida es pretender vivir en un limbo en el que, ni quiero que me digan qué hacer, pero quiero que alguien más pague lo que rompo.

Hay muchas, demasiadas, cosas sobre las que no tenemos injerencia. Ni siquiera tenemos poder de decisión sobre nuestra composición genética: así nos tocó la lotería. Pero tenemos toda la obligación de agarrar nuestros tiliches (reales, físicos, mentales y emocionales) y ver qué demonios hacemos con ellos. Todos tenemos historias de traumas personales suficientes como para darles de comer a generaciones enteras de psicólogos y/o psiquiatras. Pero no podemos usarlas de excusa para ser menos de lo que podemos. Un papá infiel no nos da permiso para quemar rancho. Una mamá manipuladora no nos da licencia para ser Maquiavelo. Tener una adolescencia difícil no quiere decir no querernos a nosotros mismos.

Ser niño sin responsabilidades es bonito mientras dura. En lo personal, prefiero encargarme de mis propias cosas, organizar mi vida y tener lo que puedo procurarme, a estar sujeta a lo que otra persona, entidad, o gobierno me quiera dar. Yo ya no soy niña, por mucho que a veces moleste como una.

Rompecabezas

Es difícil entender las motivaciones de otras personas. Sobre todo cuando esas otras personas son las que lo criaron a uno. No puedo decir sinceramente que yo conociera a mi papá. Tengo una cantidad de imágenes y sentimientos y recuerdos que no son del todo congruentes entre sí y no logro unirlos para armar a una persona completa. Solía ser violento, aunque no me dio más de una golpiza que tenía merecida. No conocía el concepto de «fidelidad conyugal», pero nunca dejó a mi mamá con la que tenían la más conflictiva de las relaciones. No tenía ni un amigo, pero todos los que lo conocieron lo recuerdan con cariño. No tengo memoria de que me haya dicho que me quería y todavía recuerdo las siestas juntos. Era un hombre duro, pero hasta ya muy entrada en la adolescencia, comíamos helado en el mismo plato, me dejaba tomar de su vaso de agua y por él tomo cerveza (era lo único que tomaba y con media era suficiente para hacer siesta toda la tarde). Me dejaba jugar con su espuma de afeitar. Me compraba los zapatos más lindos. Jamás me dijo que me veía bien. Un trabajador ejemplar, ingeniero genial, hombre recto, intachable, tuvo varios puestos públicos, entre ellos estar encargado de la construcción del Teatro Nacional y traer a la realidad la fantasía de Efraín. Pero nunca logró tener algo permanente ni lucrativo, por un sentido exagerado de lo correcto y por su incapacidad de conformarse con ciertas reglas sociales. Machista hasta el extremo, no dudó en empujarme a tener una carrera y ser autosuficiente, enseñarme a tirar (hasta ser campeona nacional varios años seguidos), reconocer mi inteligencia y afinidad por las ciencias duras. Para su tristeza, estudié derecho y «desperdicié» mi cerebro por no estudiar la astrofísica que él quería.

Nada de todo eso me enseñan a un hombre completo. Jamás le pregunté cómo había sido su infancia, las historias de sus aventuras adolescentes me llegaron tarde y distorcionadas en leyendas. Sus otras hijas tienen una visión tan negativa de él, que he preferido no conocerla, porque no corresponden con lo que viví.

¿En dónde encontramos a la persona real? ¿Conocemos verdaderamente a la gente que tenemos al lado? Casi imposible hacerlo si no preguntamos.

Yo no quiero quedar como una incógnita para mis hijos. De muchas maneras, yo moldeo su personalidad y dejo ecos de mí misma en sus vidas. Me gustaría que me reconocieran en sí mismos y escogieran con qué partes mías quedarse.

Al fin y al cabo, ellos tienen que decidir qué hacer con la maleta de experiencias que les heredamos. Por lo menos les podemos hacer el favor de presentarnos como personas. Me daría mucha lástima dejarles un rompecabezas incompleto.

Mi Mejor Versión

No hay espejo que me enseñe cuál versión existe hoy de mí.

La que todavía salta como niña y rebosa de energía.

La que siente el peso de la adultez en cada decisión que toma.

La que tiene que hacer personas de dos proyectos infantiles.

La sarcástica detrás de un avatar.

O, la que más me gusta, la que se refleja en tus ojos cuando te cambia la cara y me sonríes.

Atajos Mentales

Yo estoy llena de prejuicios: espero que el chofer de la camioneta sea imprudente, abusivo y agresivo. Creo que los políticos tienen malas intenciones y que son corruptos. Desconfío de los policías. Sé que mis amigos me hablan con la verdad.

Los prejuicios son simples mapas preconstruidos que nos ayudan a navegar por la vida de forma más eficiente. Es como agarrar la ruta más corta entre dos puntos. El problema viene cuando no estamos dispuestos a analizar esos esquemas para revalidarlos, o encontrar mejores. Etiquetar a las personas siempre es problemático, porque no nos podemos definir ni a nosotros mismos. Agrupar a una «clase» de gente y esperar que actúe de x o y manera, nos predispone a verla sólo con esos lentes y fijarnos sólo en lo que refuerza nuestra preconcepción.

Clasificar a alguien sin conocerlo es miope. No tener opinión acerca de alguien luego de interactuar es no darle importancia. Cada individuo se merece un análisis propio y, si somos muy iluminados, nos permitimos revisarlo cada cierto tiempo para ver si todavía cabe donde lo colocamos. Parte de ser humano es cambiar, crecer y ver ese avance en los demás. Pero tampoco podemos pasar por la vida deteniéndonos a investigar cada uno de los impulsos que nos guían a actuar en situaciones cotidianas: no haríamos nada. Allí es donde los prejuicios, la cosmovisión, no son nocivos. Sólo hay que evitar que no nos permitan ver al humano detrás de la etiqueta.

Y, en el tráfico, yo seguiré asumiendo que estoy en guerra y que tengo que evitar a camioneteros, taxistas, motoristas y alguno que otro peatón.

Querer Quedar Bien

De adolescente, recuerdo que me esforzaba mucho por caerles bien a todo el mundo. No recuerdo haber tenido mucho éxito. Las personas que quieren mucho quedar bien, terminan siendo desesperantes y probablemente así podían describirme. Para ser una persona que le sea agradable a todo el mundo, es necesario no tener aristas, no crear controversias, no antagonizar. Eso sólo se logra sin personalidad propia, siendo plano, sin sabor. En pocas palabras, una papa sin sal.

Una reacción es volverse tan lleno de opiniones propias que no nos gane un cactus de lo espinoso. Pero así tampoco conseguí muchos amigos. El vestirse con un manto de cinismo nos puede proteger del mundo exterior, pero no dejamos que nadie se nos acerque.

Seguir cumpliendo años y no desarrollar una personalidad propia, no puede ser considerado crecer.

El problema, como siempre, es encontrar un intermedio entre los dos extremos. Ni tan complacientes que nos borremos a nosotros mismos, ni tan espinosos que nadie se nos acerque.

Ahora que ya no soy adolescente desde hace algunas décadas, me encuentro con varias aristas y peculiaridades que jamás me hubiera atrevido a demostrar antes por temor a «caer mal». Y resulta que ahora sí tengo amigos que me aprecian, con todo y mis rarezas.

El Marco de la Realidad

Verse a través de los ojos de un extraño resultaría extremadamente útil cuando me estoy probando jeans. Los espejos mienten (o, por lo menos, eso me gusta creer en las tiendas), las amigas son muy amables, las parejas tienen otras intenciones y yo no tengo ojos en la espalda. Sería tan interesante conocerse a uno mismo desde afuera.

No tenemos una percepción objetiva del mundo a nuestro alrededor, menos de nosotros mismos. Somos nuestra medida y nuestro medidor. Ni siquiera nos escuchamos la voz como suena y nos sorprende cuando nos pasan una grabación nuestra. No es de extrañarse que haya tanta gente que cree que puede cantar.

Muchas veces dejamos que nuestros sentimientos nos digan quiénes somos y éstos no son precisamente el paragón de la estabilidad. ¿Cómo podemos saber que ya no nos vemos «jóvenes», que ese corte de pelo ya no nos va, que no, tal vez shorts tan cortos son poco atractivos? Tener una noción más o menos acertada de cómo nos proyectamos hacia afuera, ayuda en mucho a establecer una relación sana con nuestro entorno y con el papel que jugamos.

He escuchado decir que la felicidad se encuentra viviendo dentro del marco de nuestra realidad. Esto me parece sumamente interesante. Porque en ningún momento estamos diciendo que el marco no se puede modificar. Pero, si ni siquiera queremos admitir que existe, es más fácil caer en actitudes y hábitos perjudiciales, como gastar más de lo que se gana, comer más de lo que se debe, hasta vestirse con ropa que definitivamente no nos va.

Conocer, hasta donde se puede, los límites que nos rodean, no es agobiante para quien mira esas líneas no como paredes, sino como metas que sobrepasar. Es bueno rodearse de gente que lo quiera a uno lo suficiente como para enseñarle la realidad, pero que también se apunte a ayudar a cambiarla. Y que no lo deje a uno comprarse ropa que quede fatal.