La guía está afuera

Me encantan los gatos. La forma en la que se mueven, sigilosa, poderosa, su suavidad y agilidad, todo me parece precioso. Me encantaría parecerme a un gato. Pero creo que me parezco más a una paloma. No precisamente por la forma del cuerpo (espero), sino porque yo también me inflo con el arroz. Es una desgracia, no me puedo comer ni un rollo de sushi sin sentir que exploto. Otra cosa en la que me parezco es que, casi siempre, encuentro el Norte sin necesidad de una brújula. Es como que tuviera mi propio sistema de navegación interno. Lo cual me sirve para lo mismo que nada, porque no es como que yo vaya a emigrar a ninguna parte.

Y resulta muy simpático porque todo lo que nos sirve de guía en nuestras vidas, queda fuera de nosotros: un faro, el Norte magnético, una estrella, el sol, la luna… Todo eso es externo y durante toda nuestra existencia nos hemos dejado conducir por esos puntos inamovibles. En nuestra modernidad usamos satélites, pero al final es lo mismo. Igual en nuestras vidas. Muy difícil mantener un rumbo si sólo nos dejamos llevar por lo que tenemos dentro. Para todas las travesías grandes necesitamos algo que quede más allá nuestro, que nos sirva de motivación, de horizonte, de punto fijo. Puede ser el deseo de cumplir una meta, o un valor al cuál nos queremos apegar, el ejemplo de una persona o hasta el simple amor que quiere merecerse.

No se ha logrado nada grande en el mundo sin un objeto fijo a qué llegar. Y resulta muy importante conocer cuál es el que rige nuestras vidas, para no decepcionarnos cuando al fin llegamos a donde está. El mío es una vejez disfrutada en la mejor salud posible, al lado del hombre con el que mantuve creciendo un buen amor y unos hijos convertidos en personas de bien y con un Norte propio. Probablemente seguiré sin poder comer sushi. No se puede todo en esta vida.

Mi Color Favorito

Morado. Siempre. Tal vez es herencia. Mi papá decía que a su excéntrica (y por excéntrica, quiero decir borracha y drogadicta) abuela francesa, la «LeLen», también le gustaba el «mojjjjaaaado». Mi hija tenía los ojos violeta cuando nació y ahora dice que ése es su color favorito también.

La vida es tan rara, el universo tan complejo y nuestras mentes tan misteriosas, que quién sabe si verdaderamente se puede heredar el gusto por un color. Con eso de que, según Jung, existe una conciencia colectiva, tal vez sí tenemos forma de conectarnos con los pensamientos de los demás. Y, también, si resulta que el tiempo como tal no existe de forma linear, sino como una dimensión adicional que no accesamos, pues podría ser que mi bisabuela estuviera diciendo que le gusta el colorcito en este mismo momento.

Yo no creo en la predestinación, creo en los caminos. Uno comienza a andar por un sendero que tiene un punto final. Cada paso que damos nos acerca a ese fin. Muchas veces, la dirección la escogimos hace tanto tiempo, que ya no nos acordamos de hacia a dónde nos dirigimos y, cuando llegamos, nos resulta tan sorprendente que le echamos la culpa al «destino». Babosadas.

Sí creo que hay situaciones que nos son más favorables, personas que nos encajan mejor y que la «Vida» (Dios, el Universo, el Destino, lo que quieran, yo creo en Dios, ustedes pueden creer en lo que quieran, no me quita ni me pone) nos los presenta como los postres de una carretilla de restaurantes. Uno escoge y habrá alguno que le guste más o menos a uno. Así de simple.

E igual de sencillo resulta eso de las herencias familiares. Hay muchas formas de describirlas, desde la genética que no entendemos del todo, hasta la espiritual, que igual no entendemos. Nacemos sobre un camino que ya va recorrido por todas las personas que vinieron antes que nosotros. Podemos elegir continuarlo, o desviarnos hacia otro. Escoger qué se lleva uno de lo que le dejaron los que lo recorrieron antes, allí estriba la verdadera herencia. Yo elijo el color morado. Me encanta. No lo demás que le conozco a la «LeLen», muchas gracias.

El Marco de la Realidad

Verse a través de los ojos de un extraño resultaría extremadamente útil cuando me estoy probando jeans. Los espejos mienten (o, por lo menos, eso me gusta creer en las tiendas), las amigas son muy amables, las parejas tienen otras intenciones y yo no tengo ojos en la espalda. Sería tan interesante conocerse a uno mismo desde afuera.

No tenemos una percepción objetiva del mundo a nuestro alrededor, menos de nosotros mismos. Somos nuestra medida y nuestro medidor. Ni siquiera nos escuchamos la voz como suena y nos sorprende cuando nos pasan una grabación nuestra. No es de extrañarse que haya tanta gente que cree que puede cantar.

Muchas veces dejamos que nuestros sentimientos nos digan quiénes somos y éstos no son precisamente el paragón de la estabilidad. ¿Cómo podemos saber que ya no nos vemos «jóvenes», que ese corte de pelo ya no nos va, que no, tal vez shorts tan cortos son poco atractivos? Tener una noción más o menos acertada de cómo nos proyectamos hacia afuera, ayuda en mucho a establecer una relación sana con nuestro entorno y con el papel que jugamos.

He escuchado decir que la felicidad se encuentra viviendo dentro del marco de nuestra realidad. Esto me parece sumamente interesante. Porque en ningún momento estamos diciendo que el marco no se puede modificar. Pero, si ni siquiera queremos admitir que existe, es más fácil caer en actitudes y hábitos perjudiciales, como gastar más de lo que se gana, comer más de lo que se debe, hasta vestirse con ropa que definitivamente no nos va.

Conocer, hasta donde se puede, los límites que nos rodean, no es agobiante para quien mira esas líneas no como paredes, sino como metas que sobrepasar. Es bueno rodearse de gente que lo quiera a uno lo suficiente como para enseñarle la realidad, pero que también se apunte a ayudar a cambiarla. Y que no lo deje a uno comprarse ropa que quede fatal.