La magia de lo esperado

He tratado de recibir clases de canto toda mi vida. Es algo que hago de todas formas, por qué no aprender a hacerlo bien. Pero, por una u otra razón, hasta hoy pude tomar la primera.

Tendría que haber sido hace tres semanas, pero a la profesora se le olvidó. Dos veces. Y a mí no se me ocurrió avisarle un día antes. Pues. Ya habíamos quedado.

La seguridad de algo que suceda nos da confianza en el mundo. La teoría moderna de criar bebés es que uno debe cargarlos cada vez que lloran por lo menos los primeros tres meses de su vida. Eso les da confianza, se sienten seguros y, lo que me parece un poco contraintuitivo, los hace más independientes. Saber a que uno tiene un lugar dónde dormir, algo qué comer y alguien con quién compartir, nos alienta a aventurarnos más. Es cuando hay incertidumbre en nuestra vida que padecemos de estrés y dudas y dolores.

También puede uno hacer muchas más cosas cuando organiza el tiempo. Rara vez he viajado sin saber qué iba a llegar a hacer. Aún cuando lo que haga sea «nada».

Pues ahora resulta que también tengo clases de canto, sobre todo lo demás que ya hago. Estar así de ocupada no me atormenta, porque sé qué me toca hacer. Sí me mata no tener seguridad. Menos mal ahora sí ya no se le olvidó a la profesora.

Regresar a la normalidad

Las vacaciones de mis hijos empezaron ayer. Llevan ya dos semanas sin colegio, pero los he tenido bajo mi (zapato) supervisión todo el día. Pasaron una noche donde mis primos que son como mis papás y estuvieron gloriosos. Tele, helados, tele, desvelos, juguetes, tina, cereal, leche… No sé. Entiendo que es rico salirse de la rutina.

Cuando yo era pequeña, me iba una semana en vacaciones a la casa de una amiga sin horarios… Y regresaba a casa ansiando tener rutina. Para bien o para mal, uno tiene una zona de confort. Es necesario salirse de ella para lograr cosas fuera de lo común, pero, creo yo, también es bueno tenerla para partir de un punto de referencia.

Así con todo. Ya lo he dicho otras veces, Picasso decía que hay que saberse bien las reglas para poder romperlas. Pregúntenle a un buen chef, les dirá que hay que aprenderse las salsas bases, esas que se llaman las «madres» para poder innovar.

Saltar desde un punto desconocido nos deja sin rumbo. Apoyarse en algo que está afianzado, nos da la dirección de donde queremos ir. La rutina sirve como ese muelle.

Hoy los niños duermen en la casa y mañana comienzan una semana entera donde sus abuelos. Veremos cómo nos va.