El perdón que se protege

Pedir perdón por algo que uno hizo mal cuesta, pero libera. Porque uno lleva a tuto un saco de culpa que pesa y que, cuando admite y se arrepiente, suelta y se aligera el camino de nuevo. Ahora, el que tiene que perdonar pareciera que le toca más pesado. Tiene que ver qué hace con el bulto que le soltaron. Tiene que dispensar al chatío que se lo fue a dejar. Y, encima de todo, muchas veces se espera que siga su vida como si nada hubiera sucedido.

El no perdonar es una de las causas psicológicas/espirituales más grandes de enfermedades físicas. Pareciera que se forma un foco de infección en nuestro cuerpo que nos mata poco a poco.

Cuando uno perdona, logra liberarse de todos los sentimientos negativos asociados a una persona o situación. Puede revisar ese recuerdo sin sentir dolor. Puede trascender y seguir adelante con su vida, sin estar anclado a un pasado que hace daño.

Pero, para mí, perdonar no significa no aprender. El solo hecho de ya no sentirse mal por algo que le hicieron a uno y de no desearle el mal a la persona que nos dañó, definitivamente no quiere decir que uno se va a volver a exponer a lo mismo. O sea, si ya sé que por un lado de la calle hay un hoyo, ¿para qué voy a ir a buscar si esta vez no me caigo y no como las otras mil veces que he pasado por allí?

Liberarse debe implicar un acto de toma de riendas de nuestros propios sentimientos. Sólo uno mismo sabe hasta dónde se protege o se expone. Y hasta cuántas veces pone la carita.