La única persona en el universo

Me encanta despertarme antes que el resto de mi casa. Es el momento en el que nadie requiere de mi atención. Puedo ir al baño sin una mano pequeña abriendo la puerta. Puedo acomodarme con mis gatos sin que alguien más los agarre. Puedo leer sin interrupciones. Es un remanso de paz. O el ojo del huracán.

Los momentos de silencio exterior nos obligan a platicar con nosotros mismos. Nuestra mente lleva un diálogo permanente con ese inquilino oculto que se llama subconsciente, lo escuchemos o no. Estar callados, quietos y en calma, nos permite ser actores con parlamento en esas escenas.

Dentro de nuesto cerebro está nuestra última y verdadera intimidad. Podemos intentar transmitir lo que pensamos, pero no pasa de ser una traducción. No podemos meter a nadie en nuestra cabeza y es por eso que cada uno de nosotros es, en cierto sentido, la única persona del universo.

Si no aprovechamos, o nos hacemos, espacios de tranquilidad y silencio en dónde sacar a la luz nuestras propias motivaciones, si no nos conocemos a nosotros mismos o, aún peor, si no nos caemos bien, resultamos completamente solos, no importa cuánta gente nos rodee. Pero si llegamos a estar cómodos con nuestra soledad interior, las relaciones con los demás verdaderamente nos alimentan.

Yo, estando sola, me preparo para recibir con gusto todo lo que no me puedo dar amí misma. Y me aguanto las invasiones de espacio personal, aunque no de muy buen modo.