Después de casi diez años de matrimonio, era justo y necesario que mandara a retapizar los muebles de la sala y el sillón orejero que era de mi papá (una belleza con resortes que me sirvió de cama elástica, sólo no se lo cuenten a mis hijos). Debo confesar que nunca he decorado a mi gusto entero, ni siquiera mi cuarto. Tengo una idea general de qué me gusta y una muy específica de qué no me gusta. Pero nunca lo he visto en la realidad.
Ahora me toca decidir qué pasa con todos los ambientes de una casa que comparto con más personas y eso me tiene paralizada. No sé si me va a gustar lo que me gusta.
Muchas veces, ante la necesidad de ejercer opiniones, los humanos nos quedamos como venados lampareados. No sabemos para dónde agarrar. Tal vez por eso es que sean tan exitosos los regímenes totalitarios de cualquier índole en los que les dicen a sus seguidores hasta cómo vestirse (para muestra un ISIS).
Resulta que nuestro cerebro no distingue entre decisiones trascendentales y triviales y emplea la misma energía escogiendo pareja, que la ropa con la que vamos a salir a la cita. Mi marido insiste que se va a vestir igual el resto de sus días, pues ya está cansado. Si no me creen, basta con pararse frente a la góndola de cereales del supermercado y decidir cuál llevar.
Pero este cansancio es como el sopor que antecede a la muerte. Desde el momento en que dejamos de decidir, dejamos de vivir. Tomar una postura, escoger un color de pared, seguir nuestro propio camino, nos hacen dueños de lo que nos rodea, aunque con ese poder venga también la responsabilidad. Si nadie nos dice qué hacer, sólo nosotros somos responsables de lo que suceda.
Yo prefiero apropiarme de mi destino. Aunque a nadie le guste el color de pared que escoja para la sala, incluyéndome a mí.
decisiones
Universos Paralelos
Hay muchas cosas que no abarca mi cerebro: no puedo dimensionar el infinito, se me escapa del entendimiento la eternidad. Nuestras mentes tienen límites, por lo que es casi imposible captar conceptos que no los tienen. Pero el concepto abstracto que más me fascina y menos entiendo es el de la teoría de la «n» dimensión en la física. Parece más una novela de ciencia ficción, unida a filosofía y un buen trip de fármacos psicotrópicos. El universo en el que vivimos no es lo suficientemente complicado para los científicos, no. Necesariamente tienen que explicar nuestra existencia con universos paralelos. Y es que, se supone, hay tantos universos como infinitos y se replican y existen en diferentes planos, concurrentes al nuestro.
Yo tengo una teoría: los universos paralelos los creamos cada vez que tomamos una decisión (obvio que no soy la primera persona en pensar así). En cada momento de nuestras vidas, lo que escogemos determina hacia dónde vamos. Abrimos unas puertas y desechamos otras. Y ni siquiera estoy tomando en cuenta el azar, ése sólo sirve para ponernos frente a opciones. Puedo recordar con claridad los momentos en los que mi vida tomó un rumbo muy marcado, para bien o para mal. El día que decidí dejar una relación que sólo me sacaba lo peor, retomé el camino hacia donde estoy ahora. Dejé a una persona insegura, vacía, infeliz en ese cuarto. Mis pesadillas me la recuerdan y despierto dando gracias a Dios de ver a otra gente en el espejo.
Nosotros hacemos nuestros propios universos. Y vivimos en el que escogemos. Yo estoy en uno que me gusta.
