El valor de las opiniones

Escribir me hace platicar conmigo misma. No es un ejercicio particularmente agradable, porque hay pocos psicólogos tan pisados como el que uno encuentra en el reflejo, pero ayuda a entenderse y eso es bueno. También ayuda a darse uno la justa medida de su valor, del que uno se asigna cada día y que le presenta al mundo. Es el precio que uno pide para relacionarse con los demás. Ya depende de cada quién si está dispuesto a pagarlo. Así he aprendido también en cuánto valoro la opinión de otras personas, las cercanas y las demás. Me ha liberado de muchos trabes y me ha afianzado en mi afinidad a cierta gente.

Pero también me ha puesto en mi lugar: mi opinión acerca de las cosas que no me conciernen no es tan valiosa como yo creía. Porque no podemos, en toda sinceridad, decir que lo que piensen los demás de nosotros nos importa poco y pretender que cada una de nuestras ideas sea recibida como maná del cielo. Hay contradicciones que sólo nos matan neuronas. ¿Y saben qué? Hasta entender que a terceros con los que no tengo mayor relación les puede venir de la posición superior de la brújula lo que yo piense, también libera.

Poder tener un set de creencias (soy católica, me encanta mi religión, pero no estoy tratando de convertir a nadie), costumbres (no celebramos Halloween, no viene Santa Claus, pasamos Navidad y Año Nuevo juntos), valores (en esta casa no se miente. Punto.) y tradiciones muy particulares, que no interfieran con la vida de otras personas fuera de nuestro círculo, sabiendo que al mundo le importa muy poco qué hagamos, permite que cada quien lleve su humanidad por el lado que quiera. Y escribo para detallar ese viaje.