Compartir el baño

Entrar al baño y mojarme los pies es una de esas cosas tontas que me amargan la vida. Agreguémosle a eso ver ropa sucia tirada al LADO de la canasta designada para servir de receptáculo, precisamente, de ropa sucia. Llegar al lavamanos y ver pasta regada. Y es que, durante los últimos diez años, mi baño ha sido tipo time-share, primero con un hombre (que por muy grandote no necesariamente es del todo adulto) y luego con dos niños que creen que el baño no fue bueno si no dejaron una piscina detrás.

Vivir en familia y, por extensión, en sociedad, es aprender a compartir con espacios comunes, con la mayor cordialidad y respeto posible. Por eso no empujamos a la gente cuando se suben a un elevador, respetamos las señales de tránsito, tenemos en cuenta a los más pequeños… ¿Verdad? El resultado de no ver más allá de nuestras narices es no poder salir a la calle sin temer que nos choquen, ver cómo los recursos naturales se contaminan y cómo nuestros gobiernos, que son tan sólo un reflejo de nosotros mismos, nos dejan en paños menores.

Es un eterno estira y encoge entre hacer lo que uno quiere y no atropellar a los demás. A las personas que podemos moldear hasta cierto punto la conducta de gente en vías de desarrollo, nos toca dejar en claro cuáles son los límites de la convivencia, aún cuando eso implica entrar cual supervisora de la limpieza tras una visita al baño y pedirle al usuario que recoja, limpie y guarde. Cada vez, todas las veces.

Y, fijarme si está mojado el piso.