Repetir primeras veces

Este año cumplo 40 años, lo que se llama «la mediana edad». Atrás quedaron las angustias de la adolescencia, los golpes de los veintes y los esfuerzos de los treintas. Me siento menos experimentada y sabia que hace 15 años. Pero tiendo a caer en la trampa de creer que ya lo he hecho todo y que me conozco tanto, que ya no me puedo sorprender.

Todo lo que vive tiene períodos cortos de crecimiento acelerado, esa etapa en la que un palito se vuelve un árbol, un pollito en una gallina, un bebé en persona que hasta maneja carro. A uno de papá le dicen que se goce las etapas de sus hijos, porque pasan en un abrir y cerrar de ojos. Allí es donde los cambios son más notorios.

Tal vez por eso cuando cruzamos esas aguas turbulentas de nuestra juventud, nos sentimos afianzados en una aparente estabilidad. Pero, si no hemos muerto, seguimos cambiando, preferiblemente para ser mejores. Además, no sólo nosotros evolucionamos, todo lo que está a nuestro alrededor tampoco permanece estático. Aceptamos que el mundo gira, como parte de lo que no cambia, sin percatarnos que también se desplaza.

Cada vez que encontramos algo nuevo en nosotros, volvemos a experimentar primeras veces. Conocer gente nueva, aprender una nueva destreza, conversar de temas diferentes con la pareja de años.

Ya dejé atrás mi etapa de cambios bruscos. Pero estoy muy lejos de estar estancada.

Consejos no Pedidos

En la vida hay que tener filtros. Para tomar agua, para el sol, para hablar… Los niños no los tienen y hacen pasar tremendos clavos a sus papás. Luego uno es adolescente y el que pasa clavos es uno, sobre todo con las cosas que dicen los papás. Como a los veinte años, uno cree que decir todo lo que se le atraviesa entre las orejas es ser «auténtico» y suelta cualquier sandez. Pero, verdaderamente, decirlo todo no es sinónimo a decir todo lo que uno piensa, porque, muchas veces, si uno verdaderamente pensara lo que va a decir, cerraría la boca y se miraría más bonito.

Aprender que la opinión que uno puede tener de la vida de alguien más es tan relevante como un hielo en la Antártida, es parte de madurar. Nuestros amigos rara vez quieren que uno les diga qué hacer, generalmente, cuando se pide un consejo, lo que se está buscando es que le confirmen a uno lo que uno ya sabe. Eso hace que nos tengamos que quedar callados, aun si vemos que nuestros amigos están a punto de hacer una estupidez. No es nuestro papel. Lo que sí tenemos que hacer es estar allí para ellos cuando quieran alguien que los consuele del trancazo.

Antes decía que yo advertía a mis amigas cuando me pedían un consejo. Ahora, creo que ni cuando me lo piden lo doy tan fácilmente. Yo no sé todas las circunstancias que rodean una decisión en particular. Prefiero quedarme con los filtros puestos.