Ayer traté de ponerme el vestido que usé para mi graduación de la universidad hace más o menos 14 años. La cuarta que me hizo falta para cerrarlo se sintió como una patada entre mi lonja y mi orgullo. Luego mi súper marido vino a mi rescate y me dijo que qué alegre que, en los casi 12 años que tenemos de estar juntos, yo no he vuelto a estar tan deprimida como para estar de ese ancho. Los conflictos emocionales nos afectan diferente a todos. A mí me cierran la boca. No tengo recuerdos muy claros de esa época, pero sí tengo presente no haber estado delgada (según yo).
Así como nos tratamos, así somos. Es algo que parece que tengo que aprender varias veces, porque todavía se me olvida. El día que me digo que estoy muy cansada, paso durmiéndome hasta parada. Cuando entro a un lugar sintiéndome insegura, la paso fatal. La noche que entreno karate con el grupo de jóvenes y pienso que soy muy lenta a comparación, no le gano ni a un caracol.
Nuestro cuerpo sólo conoce los límites que le ponemos y nuestra mente llega hasta donde nos esforcemos. No saber algo, no poder hacer algo, está a la distancia del empeño que le dediquemos. Terminamos reflejando lo que nos decimos que somos.
Hace 12 años probablemente pesaba 20 libras menos. Y no me sentía lo bien (bonita, delgada, atractiva, lo que quieran) que me siento hoy. Probablemente no lo era.
