De pequeña tenía un perro de peluche al que amaba con pasión. El «Co». Terminó como les sucede a todos los consentidos de los niños: inmundo. MI mamá trató de lavarlo y le hice el escándalo más grande del mundo. Puede ser que fuera el olor a shuquito lo que precisamente me haya gustado.
A veces guardamos con un fervor casi religioso ciertas cosas de nuestra vida y no nos damos cuenta del estado real en el que se encuentran. Como aquel atleta de colegio que todavía cuelga sus medallas en la pared más prominente de su casa y no se da cuenta en el espejo de la timba que lo acompaña. O la mujer que guarda el vestido de bodas, pero que lleva como trapo de cocina el matrimonio.
Nuestra vida requiere mantenimiento. Pero sobre todo requiere que la vivamos. No podemos quedarnos enganchados en glorias pasadas que ya ni siquiera influyen en lo que somos ahora. Ese recuerdo del adolescente con acné al que no le aceptaban ni un chicle las niñas bonitas, hay que tirarlo a la basura, no guardarlo como el anillo de Tolkien. A menos que nos queramos convertir en Gollum. También las cosas buenas, mejor si las usamos y las seguimos haciendo nuestras, como las habilidades que teníamos de pequeños. De nada nos sirven las lindas memorias si no nos hacen mejor hoy y ahora.
El «Co» sigue vivo y coleando. Duerme con mi hija. Y continúa gloriosamente apestoso.

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