Melocotones

Regresando de Xela, había puestos de melocotones por mucho del camino. Como siempre, se me llenó la nariz y la boca del recuerdo. Mi cumpleaños sabía a pie de melocotón. Y yo lo detestaba. Mi mamá hacía pie para «gastarse» los melocotones y yo me quedaba siempre con ganas de comer más, no importaba si me había retorcido el estómago de tantos que ya había tragado.

Hay olores que inmediatamente nos transportan a lugares del pasado. El sentido del olfato en el cerebro está justo al lado del de los recuerdos. Por eso un aroma es la llave más segura para abrir nuestra memoria. Se recomienda estudiar con un chocolate y llegar al examen con otro, para afianzar el conocimiento. Cuando desconfiamos de algo o de alguien decimos que «apesta». He conocido personas que detestan un perfume después de una relación desastrosa.

Cómo nos apodera un recuerdo es igual que cómo nos invade un olor. No podemos dejar de respirar, al igual que es muy difícil que olvidemos. Lo bueno es que podemos darle un nuevo significado a todo lo que llevamos en el cerebro.

Mi papá olía a aceite de pistola, cuero de silla de montar y colonia. Mi mamá olía a perfume, aunque no se pusiera. Mi casa en Navidad huele a mantequilla y azúcar. Mis hijos olían a leche. Mario huele a pan…

Recuerdos embotellados, como el del protagonista de El Perfume que quería hacerse un humano a fuerza de puro olor. Así, ahora soy yo la que compra melocotones y los hace pie. Lo bueno es que, a la gente de mi casa, ese trato les encanta.

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