…hacen reír a Dios. Algo así va el dicho. Detesto ese dicho. Es cierto que no se puede ser rígido en todo, pero a mí sí me gusta planificar. Desde los horarios de la semana, hasta en qué lugar voy a comer en un viaje. (Sí, he llegado hasta a imprimir un menú para ver qué me puede gustar. ¿La sopa del día? No, gracias.)
Por eso es que me estoy riendo de mí misma. Últimamente siento que las cosas no me están saliendo como yo pensaba. Y no ha sido malo. Salir a un viaje sin mayor expectativa que pararme en una tabla, obviamente no incluía lastimarme (o romperme, no sé) el dedo meñique del pie. Viajar con mi marido siempre ha sido una experiencia exclusivista en la que estamos solos los dos en el universo. Y esta vez no.
Caminar sin rumbo por la vida es para adolescentes (mentales) que luego se preguntan por qué están en un lugar desesperado. Pero ir con tapaderas en los ojos para no desviarse del camino es perderse del mundo. Creo que estoy comenzando a entender que puedo llevar una dirección en mi vida, e ir tomando alguno que otro desvío.
Tal vez me haya lastimado, pero puedo decir que lo hice «surfeando». No fuimos mi esposo y yo todo el tiempo solos, pero conocimos personas que redefinen el término «generosidad». La vida tiene un final, el mismo para todo el mundo. No quisiera que me encontrara en una situación precaria por no haberla prevenido. Pero tampoco quiero llegar a arrepentirme de no haberme divertido.
