Pareciera que no hay un término medio: o uno es una llaga abierta, sensible a cualquier roce que reciba, o se tiene escamas de dragón, completamente impenetrables. Tiene qué ver con la confianza, un bebé por algo es suavecito y un niño lleva sus sentimientos a flor de piel, los cuáles parecieran explotar con la adolescencia. Por algo duele tanto, todo, cuando está uno en esos años delicados. La vida (y las muladas que hace uno), se encarga de irnos haciendo cayo. Y pareciera que sólo nos quedan dos caminos: o dejamos de sentir por completo, nos cubrimos de una armadura que nos protege, pero que no deja pasar ni un rayo de sol; o andamos como babosas sin caparazón, arriesgándonos a morir con el menor grano de sal que nos caiga encima.
No me gusta ninguna de esas dos opciones. Creo que hay que aprender a cubrirse de los ataques externos, pero que también hay que arriesgarse y poner la carita. Si no somos vulnerables y dejamos ir ese aparente control, nunca sentimos. La medida del amor que estamos dispuestos a recibir es proporcional al dolor que estamos poniendo sobre la mesa. No aventurarse y dejarse conocer en lo más suavecito y tierno, es no dejar que nadie se nos acerque. Es vivir una vida solitaria. Y es que los blindajes no nos quitan lo tiernito, no cierran la llaga de nuestros sentimientos, sólo la cubren y, a veces, la infectan.
Hay que abrirse, con sentido común. Es bueno dejar entrar el aire y el sol y sí, va a doler de vez en cuando, pero vale la pena.
