Me he reído demasiado con mis hijos los últimos días. Valieron la pena los años de límites y correcciones. Porque lo duro se los di también con amor.
Todo lo que vale la pena tiene momentos difíciles y aburridos. Cualquier cosa que entrenemos requiere repetición, corrección y perseverancia. Ninguna de esas tres palabras son parte de una fiesta desenfrenada. Y son lo más importante, más aún que el talento, la aptitud y el gusto. Uno hace y vuelve a hacer el ejercicio aunque ya esté harto. Y vuelve a aprenderlo a hacer para no tener defectos. Es lo que hay.
Lo mismo con los hijos. Las lecciones se vuelven a enseñar y las relaciones se vuelven a configurar. El trabajo de pastoreo es inagotable. Pero vale la pena.
